Anotaciones sobre el regreso

La casa está llena de fotos de Santiago. En la mesa de centro, en la pared de la sala, al lado del jarrón con flores, al fondo del pasillo, en el cuarto principal, sujetadas con imanes a la nevera, encima de la impresora, en el fondo de pantalla de la computadora. Papá fue el primero en entrar a la casa. Dijo en voz alta “hola, mi niño”, y luego se limpió los pies sobre el cartel de bienvenidos que tiene el tapete de la entrada. “Llegó Mónica, aquí está, salúdela”. Papá conserva el usted, se atrinchera a él. Le parece que un hombre que pierde su acento es un hombre sin hogar, sin raíces. Es fácil comprender que le habla a las fotos que nos rodean. Santiago nos recibe desde la grama del estadio del Boca Junios, desde una playa en la Guajira sosteniendo un helado en la mano, desde una plaza en Montevideo leyendo Ironman. Intuía que algo así estaba pasando desde que me fueron a visitar el verano pasado. Entre los regalos que compraron y los recuerdos de las ciudades que visitamos, siempre hubo espacio para un balón de fútbol para la colección del niño, una camiseta, un llavero. Papá y mamá se empeñan en mantenerlo presente. A veces lloran cuando llegan a una casa vacía, pero se acompañan entre ellos, me llaman a mí, abrazan a mi hermano. Vuelvo a una casa donde hay mil maneras de manejar el mismo luto.

 

 

 

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

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