El amor más corto del mundo

Me enamoré de Sujeto. Ahora lo pienso fácil, lo escribo fácil, pero me tomó bastante asumir que ese, en efecto, había sido un amor. Todo era confuso: los últimos meses del año, las despedidas en fila, la nostalgia prestada, la vida nueva… Mientras duró nuestro amor lo descalifiqué por su fugacidad; pensaba que dos semanas eran muy poco para considerar un amor como un amor a pesar de que todo lo que ocurría honraba el sentimiento, incluso el fin: hubo llanto, hubo una promesa de odio que se diluyó en cuestión de minutos, hubo negación, hubo perdón, olvido, abrazo. Después de todo, ¿cómo puede ser amor un amor que se gestó en apenas días? Mientras no sabía responderme me tomé el atrevimiento de omitir que lloré cuando terminamos nuestra no relación y Sujeto quiso besar a mi mejor amiga. Esa noche puse Mi vecino Totoro y lloré sentada frente a la pantalla desde las primeras escenas. Cuando hubo pasado la tormenta, tomé una foto y la publiqué en internet para nunca olvidar que mientras Mei corría por la nueva casa junto a su hermana yo estaba llorando por un amor al que no consideraba amor y que, por tanto, no sabía por qué dolía.

Ahora estábamos atadas esa película y yo. Ahora esa foto era una foto de mi sentimiento. Del amor acabándose. Del amor llegando a otra meta.

El desamor -como es natural- también duró poco, pero lo importante, lo verdaderamente sorprendente fue darme cuenta de que fue un amor. Mi amor. El más hermosos de los amores imposibles, intacto por mi descuido, por mi falta de vida. ¡Claro que era amor!, me dije y por eso lo escribo: porque un amor imposible es el más feliz de los amores y como toda felicidad, merece ser honrada. Sujeto y yo dejamos de hablar después de ese par de semanas en que estuvimos enamorados. Dejamos primero pasar el tiempo como se deja rodar un disco para luego dar paso a una larga correspondencia transatlántica. Los días empezaron a durar menos; algunos 10 otros 12 horas, cuando mucho 15. Yo me sentía allá, donde estuve brevemente, y él se sentía aquí aunque no supiera dónde era aquí ni cómo se portaba el aquí conmigo. El resto del día paleaba mi ignorancia llamándole amistad, encajando explicaciones a la fuerza para justificar lo que no tenía sentido. Sujeto no me lo dijo porque sabía que yo no lo notaba. Yo se lo agradezco. Yo creía que sabía del amor hasta que me vio a los ojos.

Amiga número uno no entendía cómo yo lloraba por Sujeto siendo tan simple, con tan poco encanto. Lo odiaba, me decía, porque tuvo el descaro de hacerme daño. Amiga dos me aconsejaba que siguiera mis sentimientos y sobre todo que confiara en ellos. Como si cupiera el daño en el amor comprimido. Como si lo último en lo que pudiera confiar yo no fuera en mis sentimientos. Como buen amor fugaz ni hubo tiempo de definirlo. No había reglas, no había nada dicho, ni escrito, no había tonos ni matices. Éramos y estábamos y eso era todo. Para eso era que alcanzaba el tiempo.

Por esos mismos meses descubrí que el dolor es una consecuencia de la felicidad y la felicidad es una consecuencia del deseo. ¿Quién era yo, entonces para decir que el amor no es amor porque dura un mes? Soy una mujer con los ojos abiertos y otra con los ojos cerrados, dice Daniela Gaitán en uno de esos poemas en los que habito desde antes de que sean concebidos. Soy una mujer con los brazos abiertos y otra con los brazos cerrados. Soy una mujer con el corazón lleno y otra con el corazón vacío. Soy seis mujeres sintiendo y hablando y golpeando los dedos contra el teclado al mismo tiempo. Soy una mujer que escribe esto y otra que no sabe escribir. Soy alguien y soy nadie también y ahora, siendo nadie, sé que los amores duran un siglo o un minuto y ninguno es más o menos amor que el otro, pero yo eso no lo sabía. Yo creía que dos semanas era muy poco para que un amor fuera amor, aunque lo fuera.

Ahora que lo sé como sé tantas cosas de las que hace un año no tenía pistas, lo escribo y lo honro y nada y todo tiene sentido dentro de mí porque soy el universo y me contengo. Quiero no dejar ir el amor por no reconocerlo. Ni siquiera si es un amor imposible. Ni siquiera si no es correspondido. Ni siquiera si se confunde con el odio y mis otros sentimientos proscritos. Porque todo dolor viene de la felicidad y toda felicidad viene del deseo. Porque antes de ser nosotros felices, nos deseamos. Así empieza y así termina este último amor, el amor más corto del mundo.

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

Un Comentario

  1. Daniela R.

    Lloro. Soy Fan.

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