Bitácora de anoche

Drenaje

Busco blood en Tumblr porque estoy al borde del desespero y Tumblr me pregunta si estoy bien. Y no. Tengo las uñas vuelta mierda nuevamente, los dedos me sangran todos los días sin falta y mi teclado queda teñido como un campo de batalla. Anoche me dormía llorando y mientras me golpeaba la cabeza contra la pared para que se me quitara la migraña o doliera con razones suficientes, quise haber llevado un diario de todas las veces que he conciliado el sueño a fuerza de no poder abrir los ojos por la hinchazón del llanto. La primera mitad del año pasado sin duda hubiese sido un cuaderno completo con descripciones de mis ataques en el baño del hospital, en la sala de espera, en la enfermería donde me acostaba sobre mi hermano débil para obligarlo a dejarse poner la vía. Todavía en noches como esta escucho sus gritos desgarradores y recuerdo a papá saliendo de la sala por no poder soportarlo.

Mientras escribo esto comienzo a llorar nuevamente dentro de mi oficina, con una montaña de pruebas de imprenta por revisar y una jefa que cree en mi alegría del trópico y en la jovialidad que irradia mi juventud, sin saber nada de nada. Una tarde me encontró llorando en el comedor de la editorial y cuando quiso ayudarme, me sequé las lágrimas rápidamente e inventé una historia sobre la marcha mucho más alegre que la mía. Desde entonces me mira con ojos protectores y cada vez que estamos solas me recuerda que ella está ahí para lo que yo necesite, sin saber que sus abrazos maternales me han salvado en incontables ocasiones. Pero anoche Andrea no estaba. Tampoco estaba Alfonso, ni Gabriel, ni mamá, que no contestó ninguna de mis diez llamadas porque estaba ocupada. Papá tampoco me llamó de vuelta. Quería decirle que lo extraño y que quisiera que su recuerdo no fuera una breve imagen, un abrazo fugaz antes de cada viaje. Que me hubiese gustado que pasara más noches conmigo y menos emborrachándose con sus amigos como estirando la juventud, como olvidando que en casa estábamos esperándole para cenar. Quería decirle que el odio ha dado paso a la compasión y ahora que envejece inminentemente voy a estar a su lado porque estoy aprendiendo a no pagar con la misma moneda y sé lo que pesa la soledad cuando no se busca. Y sobre todo, quería decirle que extraño tanto a Santiago como él, que no concibo la vida con sus gritos de dolor retumbándome en la memoria, que quisiera olvidar todo el año pasado y no morirme cada vez que veo sus videos. Pero no me respondió. Seis horas de diferencia no son una nimiedad.

A Alfonso lo llamé no menos de seis veces para felicitarlo por la pronta publicación de su primer libro, pero todas las llamadas se caían después del tono intermitente por la falta de respuesta. Hubo un tiempo en que no repicaba más de dos veces; ahora estamos lejos y el tiempo pesa como pesan las heridas. Alfonso está tan solo como yo, pero ya no nos hacemos compañía. Aunque hace tiempo que no hablamos, todavía insisto porque yo menciono la tristeza y él entiende de inmediato sin necesidad de más adornos. Alfonso va a triunfar, aunque él se ofusque pensando lo contrario. Yo quisiera que un día me llamara.

María estaba en el hospital lidiando con su colon, Andrés no ha querido llamarme ni una sola vez y yo en venganza me escondo para que tampoco sepa nada de mí con la esperanza absurda e infantil de que me extrañe, pero eso nunca pasa y además me contradice. Los únicos que me extrañan son papá y mamá. A veces mi hermano me escribe mensajes escuetos para que recuerde llamarlo, pero empieza a molestarme ser siempre la que llama.

Cuando iba ya en la segunda ronda de golpes Laura me escribió para mostrarme una foto que resumía su día e inmediatamente dejé de sentirme como la única sobreviviente en Marte. Laura me da ánimos cuando no se lo pido porque tiene esa capacidad de escuchar mi llanto como si emanara ondas expansivas que llegan a su casa en Guinardó. Le dije que era un ángel de dios (aunque ninguna de las dos crea en dios) y le prometí verla esta semana para emborracharnos al calor de nuestras penas, pero la verdad es que quisiera que me partiera un rayo en dos para no tener que seguir ni un día más. Ella me dijo que tranquila, que intentáramos salir de esto juntas y si no lo lográbamos ya nos inventaríamos un plan B. Le dije que quería desaparecer y ella me dijo que la esperara, que ella desaparecía conmigo si las cosas volvían a salir mal y yo seguí llorando porque tengo pocos, poquísimos amigos, pero los que tengo son mi mi único legado y mi único bien. Laura, preciosa criatura, no sé qué hice para conocerte pero permíteme retirarme un momento para llorar por esto también e ingeniarme una manera de escuchar tus señales y aparecer cuando me necesites sin que tengas que decírmelo. Nos despedimos porque era más de medianoche y ambas madrugamos a diario. Perdóname, Laura.

Con el mensaje de Laura el llanto tampoco se detuvo. Me negaba a prender la luz para no reanudar mis pensamientos cómodamente y me empeñaba en llorarle al techo como si me diera respuestas, como si me fuera a sostener en los brazos que no tiene y me fuera a arrullar hasta verme dormida. Me acordé de Valentina arrullando a su gato (que se llama Camarón y tiene suficiente energía para repoblar el mundo él solo) y quise darle un abrazo a ella también porque en varias ocasiones me ha rescatado de mis fosos aunque no lo sepa, aunque yo no considere necesario decírselo. El sábado hablábamos largo sobre los planes y la ciudad y de no traicionarnos dejando de escribir y de pintar por cumplir con un trabajo de mierda. Me prestó a sus amigos toda la noche, me prestó su casa y me hizo reír. En ella me reconozco ahora, aquí lejos donde estamos, y es esa compañía la que tanto anhelo en noches como esta en que no puedo dormir y no puedo leer y no puedo salir a correr y no puedo morirme tampoco.

Cuando volví a revisar el reloj a ver si había acertado en mis cálculos, eran las tres de la mañana. Hacía cuatro horas me había despedido de D. porque me iba a dormir. Ja. En tres horas más tengo que despertarme, hacer daimoku, preparar algo de almuerzo, bañarme, desayunar y dejar la cocina limpia para no tener problemas de convivencia. No sé cómo lo voy a lograr, pero sin duda no va a ser aquí acostada llorando por mis incapacidades y mis amores perdidos y mis amigos disueltos. Me dije, como digo siempre, que yo soy la única que puede salvarme y en un intento de cumplirme, junté las manos como las juntaba con Santiago cuando le rezábamos a dios por su recuperación -solo que esta era yo y su fotografía en mi pared- y en esa posición le pedí que me ayudara. No tengo dioses, Santi, y no te tengo a ti pero ya que estás en un lugar mejor (y no me digas jamás que no porque con eso no podría) necesito de tu ayuda para sobrevivir esta noche y despertar mañana con alientos de supervivencia. Dije amén, di un beso al aire (porque eso es mi hermanito, aire) y conté ovejas hasta que terminé inconsciente.

Ahora estoy nuevamente frente a la pantalla de la computadora de mi oficina escuchando una emisora española que repite el mismo playlist a diario, dos señoras de contabilidad que me regalan diccionarios de catalán y se ríen cuando les pregunto qué significa postureo y yo les agradezco que me dejen llorar en silencio sin preguntarme nada ni ofrecerme la ayuda que ya me están dando. Ernesto también apareció como un ángel mientras yo dormía con una foto en rojos del cielo de Maracaibo y un mensaje que decía: ‘Cuando te despiertes, esto es para vos’.

Laura, Ernesto, Valentina, Loli, Andrea, María José. Gracias por venir a mi encuentro.

¿Eres tú, Santi, enviándome compañía? ¿Eres tú acompañándome?

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

  1. Seguro es él. <3. Maravillosa.

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  2. Seisilabas

    Me dolió mucho leer esto y me sentí acompañada, en la tristeza disuelta Moni.
    La vida y el mundo tienen que ser un lugar mejor de lo que son, aunque la muerte sea un acompañante, aunque el dolor no cese. No sé. Te quiero, en la distancia.

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