Pantone 1797

Me fui a Madrid tres días a sanarme porque no sé hacerlo de otra manera. Sanarme, digo, y cuando hablo de otra manera me refiero a huir. Cuando me dio varicela a los 8 años y mis amigos del colegio quisieron venir a visitarme con sus madres, a la mía le pareció buena idea hacer galleticas redondas y limonada para recibirlos. Yo me negué enfáticamente a recibir visitas; en cambio me refugié en la casa de mi tía Nelly hasta que los últimos granos de mi cara se secaron y dejé de ser una amenaza de contagio masivo.

Con ese mismo impulso de niña de ocho años gorda, tímida y con varicela terminé en Madrid naufragando entre la melancolía falsa que me generan sus calles y estas certezas que desdeño. Esperaba que todo dentro de mí se volviera aire de puerto, tan liviano como para inflar un globo y verlo volar desde la cima del edificio de Correos. Quise que Madrid me tratara las zonas afectadas con guantes, que con cuidado me retirara el hilo podrido y con una aguja me cogiera los puntos de sutura necesarios para seguir. Mientras me tomaba un café en la estación de trenes antes de partir anoté en mi libreta: viernes, 27 de mayo. Frenar esta hemorragia que me inunda. Tomoe acababa de despedirse tocándome el hombro; quería que entendiera que aunque todo pase, no pasa nada. Quería detenerme las lágrimas que empezaban a colgarme de los ojos, pero cuando la apartó, la mano era una bolsa llena de sangre que caía al piso como lava saliendo de un volcán. Le pedí disculpas. Le dije que había dejado a mi psicoanalista hacía nueve meses, que ya no tomaba antidepresivos y que la vida manejada por mí misma estaba siendo una tarea de alto riesgo. Cuando quise seguir explicándome, ella ya iba calle afuera y yo, corriendo, me tapaba la herida en busca de arena para detener la hemorragia.

Compré los boletos una tarde al llegar del trabajo. Hablé con un amigo que me había ofrecido su sofá y no miré hacia atrás. Me perdí en El Retiro y dentro de mi pérdida me encontré en un libro de cuentos de Antonia Palacios –irse desbordando sin saberlo. Irse apagando en una luz que tiembla. Irse decantando casi disminuida en una delgadez de filo hiriente. Irse perdiendo en las ausencias, sin la piel, sin el roce, sin aliento. Irse quedando sin forma, sin presencia. Irse volviendo polvo lentamente, polvo soplando por el viento-; subí a la azotea del Círculo de Bellas Artes a respirar sin miedo al impulso del salto, compré libros que en mi neurosis no compraría, compré libros que no compraría sin mirar precios y me fundí con la masa que celebraba eufórica en La Cibeles el triunfo del Real Madrid en la Champions. Cada vez que paraba por agua o por aire me palpaba los espacios blandos que reconozco sobre mi propio cuerpo buscando los botones que disparan mi tristeza (el recuerdo de Santiago calvo y con tapabocas, la despedida final en el aeropuerto una madrugada de octubre, los ojos llorosos de mi padre a punto de morir pidiéndome que cuidara de mis hermanos); hice un recorrido de tacto completo palpando cada coyuntura, intentando encontrar con la mano mis propias depresiones. Me rendí porque no encontré nada, ni siquiera cuando una mamá le pegaba en la cara a su hijo por haber recogido su chupón del suelo. Ni siquiera cuando revisé el teléfono y mi mensaje seguía sin respuesta. Nunca saltaron las alarmas ni salió de mi cuerpo materia supurante que indicara que necesitaba atención enfermeril y llena de la valentía que proporciona sentirse a salvo empecé nuevamente con la retahíla de promesas: voy a escribir, voy a publicar libros preciosos, voy a hacer daimoku hasta sacar mi budeidad, voy a plantar un árbol, voy a aprender a hacer el mercado, voy a, voy a, voy a voy a.

En mi tercer día de terapia, mientras esperaba el bus consciente de cada movimiento de mi cuerpo noté que la mitad del humo del cigarrillo que me fumaba salía por el cuello de la camisa, pero en un acto involuntario de los que dejo que me definan cuando estoy cansada,  me arroparon los detalles de todos los despertares alegres que he tenido a lo largo de mi vida: Santiago en pijama abriendo las ventanas y quitándome las cobijas para salir a jugar; el ruido de las ollas en la cocina de F. mientras me preparaba el desayuno; las manos de J. acariciando mi espalda desnuda; mi abuela diciéndome suavemente que es hora de ordeñar las vacas; mamá anunciando que Santa pasó. El ruido del bus acercándose me sacó de mis cavilaciones y me preparé. Apagué rápidamente el cigarro con el pie, le subí volumen a la música que traía colgando de mis oídos, puse un pie dentro del bus esperando que la fila de gente delante de mí se subiera y volví a mis imágenes felices. Lo próximo que recuerdo es una mano golpeándome el hombro indicándome que el chófer exigía molesto que subiera o me bajara o hiciera lo que quisiera pero que le dejara cerrar la puerta. Me monté sin decir nada. Tenía la música a un volumen tan alto que sus palabras eran ejercicios modulares que salían de su boca como un avión que hace piruetas silenciosas en el aire, pero al único que yo escuchaba era a Frankie Vallie gritando I love you baby and if it’s quite all right I need you baby. Cuando terminó, le guiñé el ojo y dejé que la música siguiera sonando, haciendo caso omiso a lo que acababa de pasar.

El bus estaba lleno y había que esperar a que bajaran algunas personas para que las que esperábamos en la puerta pudiéramos avanzar. Yo, que ya estaba sin estar, esperaba mi turno cuando un frenazo en seco me dejó sin tiempo de sostenerme y, tratando de recuperar el equilibrio, le pisé el pie a una chica de no más de veinte años que había sido testigo de mi reprimenda y me miraba ahora con ojos de dolor y de furia, como preguntándose qué tantas cosas podía yo hacer mal en ese espacio reducido del mundo y yo le respondía mentalmente no has visto nada y le pedía disculpas con mi voz débil, sin ánimos de decir más de lo necesario. A este punto la ansiedad me salía por los orificios de la nariz, acalorándome de manera vertiginosa. Todos parecían mirarme fijamente como si tuviese un pene dibujado en la frente que no hubiese notado al salir de casa. Como si tuviese escrita en mi vestido una lista enumerada de mis defectos. Yo miraba hacia el piso pidiendo clemencia. Eran las 10.15 de la mañana y ya mi vida prometedora le había dado paso a las ganas incesantes de saltar encima de un carro y no volver a parpadear jamás. Mientras caminaba hacia un asiento que por fin había quedado libre, dos gotas de sudor me bordearon la cara. Quise que las miradas cesaran y ese par de gotas ilustraban mi desespero. Cuando acerqué la mano para limpiarme, me vi. Entre el ron que le eché al café del desayuno, el porro que me jalé, la música, el regaño, la chica pisada, la multitud y la prisa lo había pasado por alto. ¿Por qué, siendo tan común, tan intrínseca en mí la voluntad de sangrar, fui capaz de pasar por alto mi pecho manchado de sangre?

Cuando me toqué todavía latía la herida abierta. No la podía ver, pero la sentía moverse al ritmo de mi respiración y los últimos brotes de sangre salían débilmente por en medio de mis tetas. Las señoras que tenía en los asientos del frente me miraban con asombro sin saber si pedir ayuda o tomar mi calma como un acto de solvencia. Les pedí que no llamaran a nadie y les mostraba mi mano tapando la herida como prueba de que lo tenía todo bajo control. Lo mínimo que puedo hacer es encargarme de mis hemorragias, les decía, y me preguntaba qué herida se me había soltado ahora. ¿Será el amor incompleto que me corta? ¿Será esta lástima desbordante que me genera ser yo? ¿Será esta distancia a mansalva? No puedo llevar a mi madre a enterrar a un segundo hijo, ya una vez la vi gritarle a un ataúd. No puedo decirle que estoy cansada de sentirme cansada, de cargar conmigo, de amasar mis miedos. No puedo escribir que mi sangre se detiene para que se detenga y los pasajeros del bus se van dando cuenta de a poco y suben los pies para no mancharse, pero el piso es ya el mar rojo. Ahora sí, todos me miran. El conductor para el bus y se acerca nuevamente, energúmeno, a pedirme que abandone la unidad antes de que la corriente nos lleve a todos por delante y seamos incapaces de salvar un alma. Algunos pasajeros intentan mediar con él, otros me empujan para que le haga caso y una niña de ocho años se toca el pecho y me sonríe desde las piernas de su madre. Yo, con el hilo de voz que me queda y la mano todavía anclada a esta jaula en la que guardo mi corazón, me quedo quieta y sobrevivo.

 

 

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

Un Comentario

  1. rh

    Pantone 286

    Es peor la indolencia que el dolor, porque en el dolor uno vive y muere –que morir es estar viviendo-, y en la indolencia ni existe. Los verdaderos afortunados serían los que carecen de ambas cosas pero, si se piensa bien, ¿quién salvo el indolente puede carecer de dolor por efímero, breve o pequeño que este sea?
    Vivir duele, porque en eso consiste también, es el mar que simbolizamos –ese olor a puerto que se añora, droga preciosa-, pero el mar es también la superficie extendida ante la arena fina y magnífica, el magma perfecto en el que flotan los icebergs que brillan como diamantes hasta desvanecerse en estrellas. ¿Quién puede renegar de la maravilla de algunos momentos, archipiélagos perfectos, salpicaduras de tiempo y sonrisa? La vida escribe en sus cuadernos lo que quiere y, nosotros, como ella, cada día, cada vez que abrimos los ojos, cuando bajamos los párpados. Y decidimos paraísos y decidimos desiertos y, podemos sonreír, porque finalmente decidimos.

    Esos libros serán preciosos.

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