After office: Pitbull

Estábamos Sofía y yo cenando en casa después de varios días peleando cada una con su horario y por fin habíamos podido coincidir para tomarnos unos vinos y ponernos al día. Ambas teníamos libre la mañana siguiente y por ende habíamos contemplado ver una película, pero la conversación se fue extendiendo como una enredadera en cámara rápida. Pasamos de comentar lo grande que estaba la hermana menor de nuestra mejor amiga del colegio (la última vez que la vimos tenía 8 años; ahora tiene 17) a googlear la estatura de nuestros hombres favoritos y en el entremedio me comentó que había vuelto a escuchar follando a los del piso de al lado. Nos entretuvimos un rato hablando de Abudaba, el musulmán que protagonizaba las faenas sexuales de un minuto que Sofía alcanzaba a oír desde su habitación, hasta que nos dio hambre.

Ella se metió a la cocina y yo quedé al mando de la computadora. Pensé en aprovechar esos minutos para editar unas fotos que tenía pendientes pero, sin aviso previo, empezó a sonar una canción de Pitbull. Sofía intervino.

-¿Tú le mamarías el huevo a Pitbull? –le respondo que sí ladeando la cabeza, enfocando mi tono vocal en la í para que se noten mis dudas.

-¿Msí o ¡sí!?

-O sea  es que… Tú sabes que mamar huevo no es lo mío.

-¿Pero lo dejarías meterte mano, agarrarte el culo y eso?

-Bueno sí, pero no es que le voy a llegar de frente a decirle “mira Pitbull, ven pa’ mamarte el huevo”. Ese no es mi approach (nos encanta usar la palabra approach).

-Bueno, es verdad.

-¿Tú sí lo harías?

-Pf. Rotunda y definitivamente. Marica, es Pitbull.

Estallo en risa y Sofía me sigue. Esta pregunta es la señal clara de que estamos borrachas. Lucía lo sabe. Andrés lo sabe. Alicia lo sabe. Todos lo sabemos. La respuesta varía dependiendo del lugar, los presentes y el tipo de alcohol que hayamos bebido. Entre los temas a los que siempre volvemos porque las conclusiones nunca son definitivas, este es nuestro favorito. Incluso lo aplicamos como test de aprobación a quienes vamos conociendo para situarnos en los puntos que tenemos en común. Esta vez estábamos solas, Sofía y yo; conocíamos el debate de memoria con los pro y los contra de responder que sí a un asunto tan sexual y platónico como era estar cerca del pene de Pitbull. Aún así nos seguía divirtiendo esa clase de reto moral.

Sofía decía que sí y yo decía que no cuando creímos escuchar gritos alternos a nuestras voces. Vivimos en un barrio frente a la playa, por lo que no es raro que de madrugada haya turistas borrachos gritando eufóricos en idiomas que no comprendemos y que, muchas veces, no dejan muy claro si es de felicidad o de arrechera. Como siempre, nos quedamos calladas para comprobar. Nos ha pasado que el vino se nos sube muy rápido y cualquier sentimiento es un grito, pero esta vez, juntas y comprometidas con la faena, le bajamos el volumen a la música y nos quedamos calladas para confirmar lo que ya sospechábamos: que los de arriba estaban peleando nuevamente a gritos teatrales y nosotros éramos su público.

-¿Qué crees que esté pasando?

-Ni idea. ¿Escuchaste que le dijo que se pusiera a trabajar?

-Le acaba de decir que con su madre no se meta.

No era la primera vez que esto pasaba. En el apartamento de arriba vivía una pareja conformada por una española y un senegalés (ella rubia y malhumorada, él altísimo y con problemas para usar el castellano) que a cada tanto protagonizaban peleas épicas en las que, varias veces, habían intervenido algunos vecinos. La última escena terminó en gritos: ella dejó pasar la discusión y a la mañana siguiente, cuando él se fue a su trabajo, cambió la cerradura sin decirle nada. Cuando él llegó a medianoche y no pudo abrir la puerta con su llave, empezó una serenata de golpes, gritos y timbre que provocó que el señor Roberto del quinto segundo se acercara a mediar. El asunto debió arreglarse bien, pues por un tiempo no escuchamos ningún escándalo y dimos por zanjado el tema. Pero esa noche, definitivamente, estaban peleando. Sofía, que tenía un pendiente con la de arriba, se apresuró en sentenciar.

-Esa mardita se lo merece. ¿Te acuerdas cuando llamó a al policía porque Dalí no dejaba de ladrar? Pues que se cale su relación de mierda, se merece cada minuto que pasa en ella. Y si me reclama nuevamente por mi perro, ya sé qué contestarle. Ojalá lo haga, es que… Ojalá lo haga…

Sin embargo, esta vez sonaba como más que una pelea. Mientras permanecíamos calladas,  se escucharon gritos desesperados y nítidos seguidos de lo que parecieron ser golpes. Tum. Tum. Golpes secos. Gritos de auxilio. Golpes sobre carne, golpe hematoma, gritos de auxilio. Esta rutina se extendió unos minutos que pudo haber sido solamente uno, infinito, como los que dura una tragedia. Luego de un portazo finalmente, se hizo el silencio.

-Que fuerte -dice Sofía rompiendo por fin el hielo y reanudando la copa de vino-. Esa mujer arriba hecha mierda y nosotras aquí hablando de mamarle el huevo a Pitbull.

Anuncios

Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

Un Comentario

  1. rh

    Contrastes. Claroscuros. Cada uno lleva su mundo, a veces tan distinto y tan distante del que está al lado, casi pegado… en el autobús, en el trabajo, en la cafetería, en el piso de arriba… Esa es la vida. En cierto modo, tremenda.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: