María

Donde no haya amor, no te detengas, me dijo María por el chat de Facebook que he vuelto a usar por necesidad compulsiva. Acababa de contarle ya no me acuerdo qué: que alguien que quería me había dejado de querer. Que no soportaba a no sé cuál. No sé. Con María lo importante no es lo que le digo, sino lo que me responde. Siempre tiene algo correcto qué decir, a menudo haciendo que me cuestione cómo no lo había pensado siendo tan obvio. Todo lo que dice parece haber sido meditado por años, como si esa respuesta que da hubiese sido preparada y pulida de antemano sabiendo que sus amigos iban a necesitarla. Y es así con cualquier tema. Sino pregúntenle a David. A Verónica. A Daniela. Queremos tanto a María, como diría Cortázar si la hubiese conocido. Citaba a Frida porque hacía días lo había leído en un sitio de poesía y le había quedado marcado. “Y si yo caigo, tú caes conmigo”, me dijo como me dice constantemente y me siento segura al saber que estamos comprometidas en acompañarnos en el decenso.

Me asusto cuando a veces, momentáneamente, te olvido. Entonces corro a escribir, dice Andrés Neuman en Hablar solos. Hacía tanto que un libro no me retrataba en las palabras de otro, que no me hacía detenerme cada dos o tres líneas para mirar a los lados a ver si alguien podía entender que ese libro trataba de mí. Lo devoré en un día, pero sigo en el alivio de que alguien más se haya encargado de encontrar las palabras para hablar de lo que yo, desde siempre lejos, siento. Me asusto cuando a veces, momentáneamente, te olvido -le digo a Santiago en las mañanas como pidiéndole perdón -entonces corro a escribir. Por eso hoy escribo sobre María, para tallar en piedra una pista que me oriente en caso de perder la memoria. Si no puedo evitarlo, puedo espantar el miedo al olvido.

María es escritora, periodista, mi mejor amiga y el espejo más grande que me permito tener cerca. No la odio porque he aprendido a aceptarme de su mano y está bien. Eso está bien. Todo lo que siente lo entiendo y me parece que todo lo que siento ella ya lo ha sentido o sabe cómo va a sentirlo cuando le toque. Hemos navegado en temas astrales buscando explicaciones. Hemos creado ediciones enteras en tres días de escribir a quemarropa. Hemos llorado en el baño de la oficina por turnos, tocándonos el brazo una a la otra como señal de relevo: ya lo usé, dale tú. Entra, llora y sigue. Hemos viajado solas y nos hemos encontrado en las mismas ciudades. María lee el tarot, la carta astral, los horóscopos lunares. Le interesa estudiar a la mujer en toda su complejidad. Se ha enamorado dos veces. Hace poco, yo en Madrid ella en Maracaibo, me envió el siguiente mensaje a las tres de la mañana: “Mi madre dice que te escriba porque te vio entrando conmigo a la casa”. Y ni siquiera me pareció extraño. Cuando uno tienen a María en su vida, cada día parece haber sido concebido en una sala de escritura de HBO. Yo ahora lo escribo porque ya ella en su momento lo describió de la mejor manera: “Solo haz el recuento de lo que pasa desde que nos despedimos en la noche hasta que volvemos a hablar al otro día”. Desde que la tengo como compañera de crímen y stalkeo, tengo mucho más que contar. Mucho. Como que a grandes rasgos así es María. Así, justo como quiero ser yo cuando crezca.

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

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