#Noestamosmuertos: Flotar es que sea 1996 y estemos enamorados

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Recuerdo que teníamos 19 años cuando nos encontramos en una plaza apretada de La Candelaria. Sin sospechar las heridas que nos dejaríamos tiempo después, había llegado hasta allí sintiéndome única porque me amabas y si me pidieran explicar el significado del verbo flotar, diría que es tener 19 años y estar enamorado en una ciudad desconocida. Como nosotros. Como ese septiembre de 1996. Mientras te esperaba sentada junto a la fuente, ojeaba un pequeño libro de Gonzalo Rojas que había comprado al llegar al aeropuerto -No estás. No estoy. No estamos. Somos, y nada más. Y océano, y océano, y únicamente océano- y me parecía que estar allí sentada esperando era un acto poéticoRecuerdo que luego de varias conversaciones telefónicas, una noche nos declaramos discípulos de Gonzalo Arango y allí, juntos y perdidos, lo buscamos por toda la ciudad sin que nadie nos diera razón ni respuesta. Las librerías lo habían olvidado, los libreros guardaban silencio al oír su nombre y el encargado de la sección de literatura colombiana de la biblioteca apenas pudo darnos referencia de una antología en la que aparecía un poema suyo. Solo un vendedor de libros usados frente al Museo del Oro nos escuchó atentos e incluso nos contó alguna anécdota personal sobre haberlo visto en un recital en Medellín en el 67, pero tampoco tenía copia alguna de su Obra Negra. Sí tenía, recuerdo, un librito de crónicas de Gabo cuando vivía en Caracas que compré para regalar, pero terminé quedándome. También nos llevamos dos Faulkner, dos Sthendal, dos Raymond Chandler y una antología de Bukowski que se quedó él cuando dijimos adiós. Recuerdo ir en el taxi de camino a casa con  la sonrisa hiriéndome la cara, cuando el taxista me miró por el retrovisor para preguntarme si estaba enamorada. Sí -le dije, y me sorprendí con mi respuesta-. Era la primera vez que lo decía en voz alta y lo estaba haciendo frente aquellos autores que apenas iba a conocer. Un desconocido se había atrevido a preguntármelo y lo mínimo que merecíamos él y yo era una respuesta. Sí -repetí-. Y él sonrió entre pícaro y superior –la compadezco, dijo– y le subió el volumen a la radio. Recuerdo que me aferré a mis libros y le sonreí, dejando pasar el comentario sin saber que mientras la música sonaba, el mundo era un lugar hermoso en septiembre de 1996, muy lejos de este presente sombrío desde el que ahora escribo confundida por mis miedos, por mi amor*.

Publicado originalmente en No estamos muertos.

 

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

  1. rh

    Confuso, doloroso y maravilloso 🙂

    Me gusta

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