Brevísima historia de amor

Me acuerdo de 1996 porque ese año fuimos prófugos.

Tú eras punk, flaquísimo y dueño de la primera cámara que usé para fotografiar el mar. Trabajabas salvando perros en la emergencia de una clínica veterinaria que no tenía problemas con tu tendencia a perforarte la cara. Odiabas el sol, pero me llevaste a la playa para verme caminar descalza.

Yo vivía en un hotel de mala muerte y me pintaba los labios de rojo y escuchaba a Joao Gilberto. Escribía en un periódico local que vendían en el kiosko que había en la esquina de tu casa y así me conociste. Sin internet, sin ciencia ficción.

Cuando recibí tu propuesta de fuga en la redacción me pareció absurda. Yo nunca invitaría a una desconocida a fugarse conmigo, menos si previamente le he confesado que guardo en una carpeta recortes de sus textos y fotos de sus manos sacadas de las páginas remotas de sociales.

Yo nunca invitaría a una desconocida. Nunca le escribiría, mucho menos emprendería una huida del país sin pensármelo unos diez años. Yo nunca sería esa persona impulsiva. En cambio soy la marca de lápiz borrado sobre la hoja. Una anotación enredada en el dorso de una factura. A veces una queja llena de ira. Soy cardiopatía y aveces un ataque de celos, de llanto, de asma, pero siempre soy ataque.

Eso fue lo que escribí como respuesta. Estuve dos semanas esperando tu remontada y por fin, un sábado a mediodía mientras hacía mi guardia, llegó dentro de un sobre. Era 1996 y acababa de conocerte.

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

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