Retorno

Lo primero que hicimos al llegar al salón fue presentarnos uno por uno como ejercicio de integración, por lo que quedaron claros desde el primer día los aspectos importantes del año que se avecinaba: de dónde veníamos y a dónde queríamos llegar. Como éramos muchos la socialización tomó semanas, pero por fin empezamos a juntarnos para beber después de clases y en medio de esa confianza que da el alcohol afterhours nos fuimos atreviendo a preguntarnos un par de cosas. Santiago, uno de los cinco mexicanos de ese año, se atrevió en un descanso y para romper el hielo a preguntarme si quería devolverme a Venezuela. Antes de decir algo, me reí involuntariamente como preguntándole si era en serio, si esa pregunta tenía cabida. ¿Acaso no has visto las noticias? Supuse que no me había entendido porque no me siguió la carcajada y cuando le dije que no, que de ninguna manera, que no quisiera tener que volver en mucho tiempo, fue él el que me miró  con asombro e incomprensión. Aunque le expliqué por qué, él parecía no entender una sola palabra de lo que le decía. Sí, México tiene sus problemas güey, pero si me dijeran que me tengo que devolver mañana pues yo creo que yo me devolvería encantado. Encantado.

Dimos por zanjado el tema, pero la pregunta siguió retumbándome por dentro. Estábamos en el descanso entre clase y clase. La gente alrededor hablaba del juego del Barcelona que se estaba dando en el Camp Nou y yo intentaba integrarme a la charla, pero apenas pude y la vi desocupada, le llegué a Laura, la única colombiana -yo soy la única venezolana, Arianna es la única puertoriqueña, Bernardita es la única chilena y los mexicanos, encabezados por Santiago, son Samantha, Regina, Itzchel y JuanJo-. Tenía la intensión de formularle la misma pregunta, en el fondo esperando que ella sintiera lo mismo que yo, pero la situación esta vez fue distinta. Ella no se río ni lo pensó mucho, solo me dijo que si no consiguía nada aquí que le gustase, se devolvería a Bogotá sin problema. ¿En serio?, reforcé. Sí, me dijo ella, a mí me encanta Bogotá, es una ciudad muy vibrante y es mía. Alcancé a sonreír y cambié el tema para seguir conversando, pero no podía dejar de pensar en su sí seguro, sin dudas, lleno de tranquilidad. Sí. No te lo digo, Laura, pero esto que estoy sintiendo mientras te recuerdo articular esa sentencia se llama envidia. Perra envidia.

Arianna me dice más o menos lo mismo. He viajado mucho. Viví cinco años en Nueva York y vengo de pasar tres en el sur de Francia. Llegué hace dos semanas de San Juan y ahora estoy aquí por un año. Acuérdate que la nacionalidad puertoriqueña no existe, yo tengo pasaporte estadounidense ¿verdad? Y de devolverme, me devolvería a Nueva York. Después de su respuesta me quedo quieta, llegando a una conclusión que nunca se me ocurrió a pesar de lo obvia. Pensé, no sé por qué, que todos los aquí presentes veníamos huyendo de nuestros países, del continente enorme del sur en el que confluimos desde siempre, con sus problemas en común, con sus gobiernos ineficientes. Pero no. Esta vez nos separa el arraigo que no tengo o que me niego a tener. Ellos se devolverían a Bogotá, a Nueva York, a Santiago de Chile, a Quito, al D. F.

Ellos se devolverían, ese es un hecho. Y a partir de él no me quedó más que empezar a preguntarle a los que tenía a mi alrededor cuál era su lugar de retorno. Si todos querían volver, yo quería saber a dónde. ¿Cómo de retorno? De retorno, sí. Si te preguntan si te devolverías, ¿en qué lugar piensas? Pues ese. Dímelo. Quiero que me lo digas. Esto último lo dije muy alto, o eso me hicieron entender cuando nadie respondió. Yo me quedé mirándolos desde la primera fila igual que el profesor, que también me miraba a mí. Quizá él tampoco entendía, por eso fue el primero en atreverse. Yo me devolvería a Londres sin ningún problema, sentenció con el índice levantado, como si fuese un político en campaña. A los 25 trabajaba como periodista de la BBC y era 1968, el mejor año para estar en esa ciudad. Vivía con mi esposa y ya teníamos a nuestro primer hijo. Yo trabajaba en la cocina de un restaurante, pero un fin de semana veía a Frank Zappa, el otro a Lou Red y así los fui viendo a todos, uno por uno, hacer historia. Me devolvería a Londres, repetía y no solo se calló: apuntó la mirada hacia el piso y se quedó allí.

El salón volvió a quedar en silencio. Era necesario retomar la clase, pero la atención de todos parecía estar en otro lado. El profesor revolvió los papeles que tenía sobre el escritorio, ajustó el proyector y empezó a pasar diapositivas sin ningún ritmo, sin decir nada. Cuando por fin se detuvo, caminó hasta su silla y, mirándonos, se quitó los lentes, se sentó en la silla y empezó a llorar.

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

Un Comentario

  1. Laura

    Perra envidia…
    Escribes lindo

    Me gusta

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