#NoEstamosMuertos: Recuerdo

Recuerdo que a los ocho años estaba convencida de que no lograría ser grande, como llama uno a esa edad a la gente que no le pide permiso a sus padres para salir de casa. Por aquel entonces eso era lo único que quería: ir y venir sin tener que detenerme en el umbral de la puerta a explicar por varios minutos que iba a la casa de Andrea porque cumplía años. “Ocho años, mamá”. Como si aquello fuese una carrera de vida o muerte, sacaba la cuenta con mis dedos y los números no me daban: ocho más para graduarme del colegio, y diez para ser mayor oficialmente. La vida era infinita entonces y el tiempo entre mi presente y mi futuro era terreno fértil para tragedias que iban a acabar con mi vida antes de cumplir mi sueño: un arroyamiento, un terremoto como el de Armenia, un asalto que salió mal, una enfermedad incurable. Las noticias por entonces aumentaban mi abanico de posibilidades y espesaban el tiempo de espera.

En una ocasión, durante un viaje de carretera, mi tío no pudo mantenerse despierto frente al volante. Eran las 12 de la noche cuando invadió el carril contrario y se fue de frente contra un camión. El chofer, un señor barrigón con bigote blanco, aunque intentó esquivarnos, nos embistió por un costado, sacándonos de la carretera. Cuando lo vi bajarse del carro tembloroso y con la cara ensangrentada, me dije a mí misma “lo sabía”, como si me sintiera el fantasma de una niña que acaba de morir con un sueño inconcluso. Pero no. Pasaron diez años, doce, quince, y me hice grande. Periodista, escritora, lectora y nostálgica, pero grande. Me di cuenta tarde de que es más fácil querer ser adulto que querer ser niño nuevamente, lo primero por un tema de curiosidad y lo segundo, de experiencia.

Cuando naciste me entregué a enseñarte lo que sabía hasta ese momento a cambio de que me dejaras acompañarte. Y lo logré, o eso me gusta pensar. Recuerdo que un sábado en la tarde, todavía en pijama, te acostaste en el piso junto a mi cama a mirar la pared blanca que te quedaba en frente. Tu silencio me intrigó hasta los últimos días, cuando guardabas la calma y las palabras para ti mismo y apenas emitías sonido para quejarte del dolor. Pero en ese momento, como tantos otros días después del colegio, te acostaste en el piso junto a mi cama en silencio porque yo también estaba callada y era así como formábamos nuestro pequeño hogar. En medio de una pausa, te vi con una mano debajo de la cabeza  y la otra a lo largo del cuerpo. Tenías los pies al lado de mi cabeza y desde donde yo estaba acostada, te veía la cara de frente. Me atreví a interrumpir. “¿Tú qué crees que te pase después de que te mueras?”. Entonces me pareció pertinente plantearle semejante misterio a un niño de ocho años que me buscaba para estar solo; ahora es una pregunta que duele. “No sé”, respondió a secas. “¿Crees que me vas a ver desde arriba?”, insistí. “No sé”, respondió con aún más desinterés. “Tienes que leer más porque cuando yo me muera todos mis libros van a ser tuyos”. Él me pidió que no lo hiciera. “Cállate, no seas boba”.

Recuerdo que no se lo pedí de vuelta porque a los ocho años la muerte es algo que le pasa a los ancianos o a los perros enfermos. No a un niño. No a mi niño, que prefirió irse mientras yo no estaba, como un intento de preservarse en mí. Recuerdo que estoy sola cuando lo recuerdo.

(Originalmente publicado en No estamos muertos)

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

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