Postal #1: De cómo no sé qué siento, pero sé que siento 

 

Si me preguntaras cómo estoy, no sabría responderte si bien o mal. Es extraña la libertad de caminar por la calle sin propósito, o mejor: con el propósito de perderte. Toda la vida intentando encontrarme para terminar en un lugar donde me quiero perder, con toda propiedad, con toda la firmeza de una decisión tomada. Es caminando cuando se me ocurren las mejores ideas, salidas quizá de un par de viejitos que discuten sobre política catalana, o el chico que le ruega de rodillas a su novia molesta que lo perdone, y no puedo, simplemente no puedo pararme a escribir y peor, no puedo ir caminando y escribiendo al mismo tiempo (lo intenté y casi me lleva por delante un ciclista). ¿Qué hago entonces cuando no puedo escribir y no dejo de pensar como si estuviera narrando? Eso, invoco tu cara como un acompañante holográfico para cruzar al avenida mientras comento que quisiera encontrar a alguien que me abrace como ese señor de pelo blanco abraza a su esposa anciana. Tú sales con alguna referencia cinematográfica o algo parecido, yo respondo y entre respuesta y pregunta se nos va la tarde perdiéndonos en tantos lugares al mismo tiempo… Ay, que ladilla ser tan cursi. 

Ayer salí de comprar manzanas verdes en la frutería recordando la última vez que hablamos. Dijiste que la boca es un lugar noble y luego de despedirme del indú que me ayudó a contar más monedas del pago, repetí la frase en voz alta moviendo las manos como quien dirige una orquesta y dije al aire que la quería memorizar, como una loca que se espanta voces de la cara.  Pero aquí nadie hace caso. Mi locura tiene soberanía propia y nadie se mete con ella, así que te hablo cuando no puedo sentarme a escribir. 

Pero sé cosas. Sé, por ejemplo, que estoy viva y latente. Que me tengo a mí y a mí tantas veces quiera. Sé que la calle no está enferma ni yo tampoco. Fueron varios los años que pensé que esto no iba a volver a pasarme y es extraño, ¿sabes? A los 7 no me aceptaron en el grupo de baile del colegio. Tampoco a los 8 ni a los 9 y además, perdí las elecciones escolares para representante de curso, a los 10 me cambiaron de país sin preguntarme si estaba de acuerdo y a los 11 tenía la certeza de que los sueños no se cumplían. Sé que me paso de cursi, pero como te dije, no sé ser. Es tanta la belleza que me rodea que me provoca sentarme a llorar cada cinco minutos en una banca, así que no sabría decirte. Por ejemplo, todos los niños de 8 años son Santiago corriendo por estas plazas que no conoció. Todos los niños de 8 años son Santiago pidiéndome que lo lleve a un juego del Barcelona, preguntando si vamos o no a ir al Vicente Calderón, repitiendo que se llama igual que el estado del Real Madrid. Me pasa con frecuencia, así que decidí llorar para dentro en lugar de estar por ahí luciendo demacrada y gris; tampoco te cuento cuando te atreves a preguntar para no caer en el monotema. “Sí sigo triste porque Santiago no tenía que morirse. Sí, yo sé que debo resignarme. Yo sé que debo sonreír porque él está en un mejor lugar. Sí, sí”. 

No me alcanzan las palabras. Si me preguntaras cómo estoy, no sabría qué decirte. Alzaría el dedo, quizá, y te señalaría una casa en ruinas.  

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

Un Comentario

  1. Margarita

    Te amo ♡

    Me gusta

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