Plaza Venezuela

La última vez que hice esto completamente sobria, estaba en una relación sólida con el que se suponía iba a ser mi esposo y nos conocíamos hasta los temblores. Por eso todo me resulta tan ajeno. Ahora que vivo en la incomodidad del que no encuentra su rutina, no me hallo si me veo obligada a actuar sin alcohol, ni música, ni drogas que vayan de una lengua a otra para establecer un clima de confianza entre dos personas que están a punto de coger, como él y como yo. Llevamos ya un rato aquí hablando de cualquier cosa. La conversación muta, como su cara cuando imagina qué hay debajo de toda esta ropa que tengo encima, pero logramos mantenernos enfocados a pesar de la paja que pueden hablar dos personas interesadas en conocerse los gemidos. Es fascinante lo implícito, el riesgo que se corre al dejar las suposiciones en el aire: así como puede pasar de todo, puede pasar absolutamente nada. Si no lo tuviéramos claro, no jugáramos a sostener el silencio, a conocernos los límites a ver quién se quiebra primero y, sobre todo, cómo reacciona ante el quiebre. ¿Se atreve? ¿Se rinde?
Esto me ha pasado antes con otros desconocidos y a decir verdad, los resultados han sido variopintos porque es imposible llenar la horma del yo literario. Una vez, luego de un año de correos y mensajes, me vi en una mesa con una cerveza y un muchacho de mi ciudad con el que había acordado ponerle fin a la expectativa. ¿Cómo podía yo saber que las sandalias con las que llegó respondían a su manía de jugar con sus pies descalzos si estaba nervioso? Cuando intentó tocarme la cara con esa misma mano juguetona, supe que hasta ahí nos había traído el río. Después vino uno apasionado. Cuando me di cuenta de que era pelirrojo ya llevábamos seis meses hablando y en esa balanza pesaban más otros detalles (la biblioteca desquiciada que tenía, su sentido hiperrealista del humor), pero era torpe: no sabía halar el pelo, mordía a destiempo, pegaba como si estuviese reprendiendo a su hija y no cómo si me hubiese dicho antes que me iba a castigar.

En cambio con él todo es más medido, más calculado. Supongo que ha estado en estas también antes porque no deja cabos sueltos ni se permite hablar de más. A veces me mira directamente a los ojos, pero si en algo se parece a mí lo hace para sacar lo que sea que no me esté atreviendo a decirle ahora que no puedo editar mis respuestas ni pensar mis preguntas. En estas dos horas que llevamos aquí sentados he notado que alcanza un pico de emoción cuando menciona cosas que no me suenan porque le gusta enseñar, como las peripecias de Zappa que me está contando ahorita. “Disfruto mucho la didáctica”, me confiesa y sé que en medio de esa sonrisa tímida me pide que no se lo diga nadie. Al menos así me habla, con intención, con poder de palabra. En el pantalón se le empieza a notar.

-Dicen que las erecciones son de quien las provoca. ¿Tú qué opinas al respecto? -Se mira entre las piernas y sonríe.

-Que esta es tuya.

-Muéstramela.

Lo miro desde el sillón que hay en la habitación queriendo ayudarle, pero me detengo. Imagino lo que voy a encontrar al ritmo de sus manos, que ahora sueltan la correa y liberan el botón que lo mantiene vestido. La desnudez masculina es tan fácil, tan carente de vergüenzas; los pezones no son zona roja, el culo no es objeto de deseo. Por eso los verbos se mueven a otro ritmo y decir chupar alcanza el mismo nivel de morbo que unas tetas desnudas. Su boca entrecerrada me apunta directamente como si me viera de reojo por el silencio que nos envuelve. Las palabras le dan paso a un beso que se vuelve mordisco que se vuelve gemido que se vuelve eco y testigo de este roce apresurado. ¿No es este el inicio de la vida? Yo fumo mientras su boca me recorre y él me mira porque dice que mis dedos apretando el cigarrillo le recuerdan a su poeta favorita. ¿Para qué Vallejo, para qué Baudelaire, para qué Vilariño? Él usa las manos para tocarme y yo uso las mías para responderle. ¿Para qué, si nacimos para desbordarnos, nos sirve a nosotros esta noche la literatura?

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

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