Ejercicio de retorno

Así son tus luces
así son porque así eres tú
te enciendes y te apagas
te enciendes y te apagas
te enciendes y te apagas
te enciendes y te apagas
te enciendes y te apagas
te enciendes y te apagas
te enciendes y te apagas
te enciendes y me apagas.
Kelly García.

La verdad es que me atrevo a recurrir a las palabras escritas nuevamente porque sabes bien que la voz se me cae de la boca si intento usarla, como caen al piso los restos de una botella partida dentro del culo de un fetichista. Por eso es que estoy aquí, nuevamente apartando las buenas costumbres de la oralidad y escogiendo, cómo no, esta misiva como medio de transporte discreto que me lleve hacia ti y me traiga de manera atemporal.

Confieso en primera instancia que me costó hacerlo. ¿Sentarme a escribir? ¿A escribirte? ¿A escribirte qué? Y como esas, cinco preguntas adicionales validadas por la consciencia de la lejanía instrínseca entre los cuerpos ajenos. Pero si tengo que hacerle honor a la verdad (‘la verdad’, ese concepto abstracto y completamente aburrido que tanto jode), lo hago dejando claro de entrada que te extraño. Tú dirás en voz alta, mientras me lees en el bus de las cuatro de la tarde, ¿te extraño? Y te respondo desde mi insomnio con un sí sonoro, con tilde, con la arrechera de la afirmación. ¿Por qué más te escribiría después de tanto? Entiendo que puede sonar vacío en medio de este presente que se sostiene a punta de añoranzas (se extraña la harina, la calle feliz, los que no salen de casa, los buenos tiempos), pero entre tantas, tu ausencia se me vuelve palpable con facilidad y te escribo, además, para no cometer el error de llamar en busca de un abrazo.

Me encantaría desplegarme en relatos fantasiosos y aventuras juveniles para entretenerte un rato, pero no tengo intención de cambiarle el rumbo al río. Tu mutismo es un libro en blanco donde me refugio para no volver a casa, donde todo está apretado y teñido de un amarillo quemado que el viento no se lleva; lleno de gatos excéntricos y vecinos con silbatos colgados al cuello para que, en caso de que ocurra un terremoto o un domingo lluvioso, haya con qué dar aviso de la emergencia. ¿No es brillante? Quién diría que un silbato es más certero que un poema. Yo me desgasto en palabras para pedir ayuda y ellos, con sus reuniones de condomio y sus bazares comunales de integración, lo resuelven sin el estorbo de la literatura. 

Ahora que se acerca el campanazo de la casa silenciosa, quiero arrancarme el labio inferior para que al llamarte se escuche una amalgama de sonidos invocados por el labio viudo y no tu nombre; para que no poder besarte no sea cuestión de ausencia -es tu culpa no estar- sino de instrumento -es mi culpa no tener labio-. Creo que con eso me despido, y digo ‘creo’ porque me dejo en todos lados. Por eso hago el ejercicio de retornar.

(Foto de Brooke DiDonato)

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

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