After office: Sofía desaparece y nadie sabe adónde fue

Ilustración por Verónica Cassiani

Éramos jóvenes y éramos también una pandilla colegial moldeándose a punta de reuniones caseras descontroladas. La calle estaba vetada porque no era legal que nuestra desmesura anduviera suelta por ahí causando estragos, pero Sofía tuvo claro desde el primer momento en que nos invitaron al apartamento de Carlos, que iba a pasar algo memorable. ¿Por qué otra cosa estaría yo aquí, ocho años después, contando la primera de sus interacciones con la memoria?

Llegamos juntas esa noche al Siboney, un edificio que queda al final de la avenida El Milagro con 5 de julio, y en el ascensor nos encontramos a Eduardo, primer novio de María Virginia, primo de Roberto, mejor amigo de Natalia y pilar fundamental de nuestra vida social temprana. Corría, di tú, el año 2008 en una Maracaibo que apenas toreaba desde la barrera los embates de la Revolución. Como dije, éramos carajitos custodiados por alguno que otro padre responsable, pero nada de eso representaba un impedimento para deshacer a nuestro antojo, sobre todo haciendo parte de ese enorme grupo escolar a quienes nos unían las mismas ganas de volvernos mierda porque, a fin de cuentas, teníamos el mañana para arrepentirnos sin estragos. Si alguien nos hubiese dicho que no se vuelve a tener tantos amigos como en el colegio, no estaríamos por ahí lanzándonos borrachas al mar o durmiendo con flores en el cuarto.

Lo cierto es que había, en el mesón de mármol de la cocina, un narguile encendido con ron en vez de agua que iba de boca en boca. Saludamos en voz alta y ellos –Alex, Andrés, Natalia, Daniel, Jose, Andrea, Virginia, Roberto- nos saludaron de la misma manera y entre la bulla de la bienvenida nos acoplamos a lo que estaba sucediendo. No era la primera vez que Carlos ponía su casa para recibirnos, pero sí era la primera vez que íbamos sin intención de irnos luego a buscar las barras libres de 50 bs. de los bares del centro. Esta noche nos quedamos aquí, dijimos al llegar, y con esa misma actitud empezamos cada una a interactuar. A medianoche el apartamento estaba repleto de gente; el ascensor interno subía y bajaba e insistentemente nos lo hacía saber con el timbre que sonaba cuando se abrían las puertas. Seguían acumulándose botellas vacías de las rondas de shots que se organizaban espontáneamente, ya no solo en los mesones, sino en la mesa de centro, en el sofá, en el mueble del televisor, en el cuarto de servicio. Solo bastaba con que dos personas acordaran tomarse uno para que se unieran otras dos, tres, cuatro, cinco, y la intimidad del brindis en pareja se convirtiera en un montón de copas al aire aupadas por la alegría colectiva.

Éramos, entonces, un montón de gente feliz de estar rodeada de nosotros mismos, y teníamos ganas de emborracharnos para saber lo que había del otro lado. Nadie había emigrado todavía ni pensaba en hacerlo. ¿Por qué, si el futuro brillante estaba reservado para nosotros, íbamos a querer irnos de esta ciudad maravillosa que nos ofrecía lago, China y puente? No había razón alguna, por eso Sofía había empezado como empezaba siempre todo: con esa chispa incandescente que la hacía ser extrañada cuando se ausentaba. Un trago, dos tragos, tres tragos. Por Roberto que se va a graduar de blanco; por Carlos, que se va a casar con Ana Paula; por nosotros que estamos a punto de besar a chiquitines enamorados en la azotea de este edificio, sin saber que van a ser los primeros de tantos besos efímeros que nos quedan hasta que nos marchemos a donde no conozcamos a nadie con un apartamento tan versátil.

Había notado que Sofía había desaparecido, pero no me preocupaba. Su ausencia significaba que estaba por ahí con las manos dentro de algún pantalón ajeno o consolando a cualquiera que estuviera lidiando con el sentimentalismo de la pea. Alex y yo, en cambio, estábamos llenando un vaso más para la noche, cuando Eduardo nos preguntó en medio de un ataque de maltripeo si habíamos visto a Sofía. No Eduardo, la verdad es que no la veo desde hace un rato. Ella estaba aquí conmigo ahorita, pero me dijo que iba al baño y más nunca volvió o yo más nunca la busqué, no sé. Espera me sirvo esto y te ayudo. Se quedó mirándome sin saber muy bien qué hacer, me dejó echarme sal en la mano, me dejó servir tequila en uno de lo vasitos del Orlando Resort que estábamos usando, pero no me esperó.

Nosotras seguimos en lo nuestro casi olvidándonos del asunto, cuando escuchamos un escándalo en los alrededores del ascensor; era María Virginia intentando controlar a su novio enardecido que minutos antes, al no obtener una respuesta de nuestra parte, bajó a buscar a Sofía y se llevó la sorpresa de no encontrarla a ella ni a su camioneta estacionada donde debía estar. ¿Qué pasó? ¿Qué tiene que ver Sofía con que tu camioneta no esté, y sobre todo, por qué desaparecieron las dos al mismo tiempo? En medio del afán por calmar los gritos para no despertar a nadie que no estuviese involucrado, María Virginia alcanzó a contarnos que su novio le había pedido el favor a nuestra muchacha de que le cuidara las llaves de su carro mientras él iba al baño a vomitar la resaca que preveía. Por eso cuando no encontró a Sofía al salir, bajó a ver si lo único perdido eran sus llaves. Y resulta que no.

A pesar de mi ebriedad eminente y la cara de náuseas de Alex, que llevaba ya un año lidiando con las vomitadas a la salida de Solo Bar, resolvimos que lo mejor era bajar a ver qué estaba pasando. Él dice que Sofía se llevó su carro, marica, ¿tú puedes creer eso? ¿Cómo carajos se lo va a llevar si no tenía las llaves? Y suponiendo que las tenga, que por algún efecto secundario del ron, se las haya confiado, ¿cómo lo va a mover si no sabe manejar? Según las declaraciones del vigilante, que en este punto ya no le rendía cuenta a un Eduardo borracho sino a la mamá de Carlos, empijamada y con una mascarilla facial activa, Sofía le pidió que le abriera porque se retiraba. Caminaba derecha, decía. Tenía su bolso en el hombro e incluso me preguntó cómo llegar a la Plaza de la República perfectamente sana, o al menos eso me pareció. Luego la vio subirse al carro, encenderlo con las llaves que le colgaban de la mano e irse tranquilamente, sin un asomo de duda, sin ninguna advertencia para este pobre hombre que ahora se enfrentaba a un potencial despido.

Nosotras seguíamos sentadas en el piso del lobby, mitad borrachas, mitad cagadas de la risa al ver cómo Eduardo nos gritaba que le diéramos la dirección de la casa de Sofía, o al menos el número de su padre, porque lo que ella acababa de hacer se catalogaba como robo y él quería, en medio de su arrechera, hacerle saber a su familia que iba a emprender acciones legales contra todo lo que se moviera. Mira yo de verdad no sé dónde vive ella, o sea, no sabría darte la dirección. Cálmate un poco y sigamos llamándola al celular. Donde sea que esté, no debe estar lejos. Pero estaba lejos. Estaba a cinco minutos de nosotros en carro y sobria. A media hora contando la cantidad de ron que tenía encima cuando robarse el carro de Eduardo le pareció una buena idea

El primero  en verla fue el vigilante, que estaba pegado a la reja por la que horas antes había salido Sofía. Luego la vimos Alex y yo, catatónicas, expectantes, y por último Eduardo, que supo lo que estaba pasando cuando escuchó el sonido de su carro apagarse. Sofía se bajó, cerró la puerta, encendió la alarma con el control y caminó hacia nosotros como quien no sabe que pasa algo. Cuando estaba a punto de entrar a donde estábamos nosotros, se bajaron dos tipos de la parte de atrás y uno más que dejó estacionado su carro del otro lado de la acera. Donde antes había gritos furiosos, ahora había un silencio atronador que relentizaba el tiempo y nos presionaba los hombros. Eduardo se mantenía en su lugar tronándose los nudillos de las manos, llevando el pie derecho junto al izquierdo y de reversa varias veces hasta que Sofía habló. Hola chicos, ¿tienen un encendedor? ¿Que si tenemos un encendedor? Pudimos decirle mira, llevamos veinticinco minutos esperándote aquí abajo sin saber a dónde te habías ido con un carro que no es tuyo y que nadie te dio permiso de mover. Llevamos aquí veinticinco minutos llamándote al celular porque Eduardo se está saliendo de la ropa, ¿y tú nos pides un encendedor? Pero nadie dijo nada, al menos no a ella. Eduardo fue el primero en intervenir. ¿Quiénes son ustedes?, dijo en voz alta mirando a los tres desconocidos que ahora nos acompañaban. A uno de ellos, un muchacho de pelo ensortijado, lo empujó por los hombros. ¿De dónde salieron y por qué venían en mi camioneta?

De una vez los extraños que ahora sabíamos se llamaban Jesús y Adrián, fueron implacables en su defensa: encontramos a esta chica sola, con las luces exploradoras prendidas intentando quitar unos troncos mal cortados que tapaban la entrada trasera de las residencias San Martín. Cuando le preguntaron qué quería hacer, Sofía les dijo que ahí vivía su novio, que no le contestaba el celular, que quería subir a verlo, que necesitaba ayuda. Pero Sofía de una vez los desmintió, añadiendo que nulos conocía y que lo único que quería íbera darles la cola hasta la parada de bus. Pero eso era necesariamente mentira porque eran las tres de la mañana, porque el tercero de ellos -Alfredo- venía en su carro propio y porque aquí las paradas de bus no sirven para esperar el bus. Todos estábamos ahí preguntándonos lo mismo, esperando respuestas que desenlazaran todo este enredo sin justificarlo con un mal viaje de crack. Pero nada de eso llegaba. Nada de eso llegó ni esa noche, ni al otro día ni ningún otro de los tantos que han pasado durante estos años. Volví a mirarnos para reforzar el recuerdo naciente de esa noche. Alex me miraba mordiéndose los labios; Eduardo puteaba en voz alta; la mamá de Carlos intentaba esconder el escándalo sin éxito; yo miraba lejos a ver si así algo se resolvía, cosa imposible e ingenua pero práctica.

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

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