Veintisiete de mayo

Hay una libélula mordiéndome el pecho en un afán de avisarme que el amor y sus embates están peligrosamente cerca de mí, que estoy secuestrada en este ambiente de niños calvos con miradas suplicantes, a veces interrumpidas por las lágrimas, otras por el salto al vacío que emprende la mirada cuando se tiene la sospecha de que es más lo perdido que lo ganado, de que la esperanza siempre llega detrás del dolor que no da espera y que, como el miedo, cuando decide arrasar arrasa con todo. En medio de esa mezcolanza de estadísticas inocuas estoy yo, caminando pasillo abajo en busca de alguna enfermera que me ayude con el dolor y angustia y desespero y perdóname mamá por estar atrasando tus días y tu vida corta que cuando parecía estar a punto de pegar la remontada, se atravesó conmigo y mi condición de desahuciada que sólo pudo darte la alegría del nacer porque todo de ahí en adelante fueron preocupaciones militantes propias de esta condición de estar vivos. Sino mírame aquí sentada viendo el fondo del pasillo donde todo se estrella y nada se mueve más allá del respirar lento del edificio. El piso mantiene su silencio encerado una y otra vez durante la semana, como si el director del hospital estuviera consciente de que el único poder que tiene en sus manos es asegurarse que de fondo a los diagnósticos, el llanto, la inmediata restitución de la fe perdida, hayan baldosas relucientes como una sonrisa contenta. Dentro de este búnker de hormigón oncológico estamos todas las letras del alfabeto dispuestas en círculos de a cinco para esbozar en el aire una historia paralela que no ocurra aquí, donde lo más emocionante sea el afinar de la paciencia. Pronto se aprende que no es un don, como toda la vida se ha repetido alegremente, sino un músculo que se entrena, que aprende a respirar a medida que aumenta el tiempo de resistencia sin soltar una puteada relativa al estado de sitio. A veces pienso en ti como una especie de burbuja de jabón que en cualquier momento, no solo me revienta en la cara, sino que me deja los ojos colorados por el ardor propio de las cosas que hacen daño. Y sé que eso no importa porque todo silencio es distancia.

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

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