Lukimiə #7: el adiós 

Extraño que no llegues tú
Que no llegues tú
aunque ya amaneció.

 

Vuelvo a escribir a oscuras y en silencio como lo hacía en las infinitas noches hospitalarias cuando cultivaba mi esperanza como quien se empeña en hacer florecer un rosal en el desierto. Ciertas cosas han cambiado desde esos días hasta hoy. Por ejemplo, cuando cierro la puerta de este cuarto no la abre nadie que no haya tocado previamente y si lo hace, no entra con una bandeja en la mano llena de jeringas cargadas y listas para disparar. No hay aquí dentro ningún monitor cardiaco ni mucho menos reguladores de soluciones continuas que se disparen de lo viejos que están (no he vuelto a ver ninguno, de hecho, y su sonido me parece aterrador, ahora lo sé). La única cama es la mía, a diferencia de aquellos días de escritura nocturna que llevé a cabo siempre en la intimidad del catre de acompañante. Ahora, si me concentro lo suficiente para hacerle frente a este remolino que se me forma en medio del pecho, alcanzo a escuchar cómo me llamas por mi diminutivo para no despertarme; habías perdido la visión y no alcanzabas a verme garabateando frente a la pantalla historias para leerte en la mañana o cuando quisieras oír algo más que los programas malos de la televisión nacional. En ese entonces no tenía que cerrar los ojos, ni concentrarme, ni escudriñar en los rincones a ver si por alguna confusión visual te veía sonreír, como ahora hago afanosamente al salir a la calle; me bastaba con acercarme a tu cama a besarte la cabeza, a quedarme con el olor a manzanilla que mamá usaba para cuidar los tres pelitos que te quedaron luego del primer protocolo. No me cabe tanta ausencia aquí dentro, por eso esta noche, a diferencia de las noches aquellas en las que tu muerte era la más remota de las posibilidades, escribo al ritmo de mis lágrimas, me muerdo los labios, me tapo los gemidos de dolor con la almohada y vuelvo a preguntarme, a ratos molesta, a ratos rota, cómo te me escurriste entre los dedos de esta forma, subrayando mi inutilidad, haciéndome romper la promesa que te hice la tarde en que nos cortamos el pelo juntos para enfrentar lo que venía. Quisiera preguntarte si te acuerdas, pero si eso fuera posible, lo justo sería pedirte perdón hasta el desgaste porque te prometí que a mi lado no iba a pasarte nada y me fui, y el día que me fui, tú también te fuiste sin preguntarme, sin despedirte, sin darme la oportunidad de volver a decirte, aunque fuera para que te acompañara en el camino, que eres mi persona favorita en este cochino mundo que ahora ni siquiera cuenta con tu presencia. Quisiera también que la poesía me alcanzara para que me escucharas cuando digo que te extraño todas las horas de todos mis días, que ahora empiezan diciéndole al espejo “tranquila, el tiempo es clemente”. Pero son mañas. No se puede dar consuelo a un corazón como el mío que está encontrando maneras nuevas de podrirse y sacar de ahí dentro todo el amor que no alcancé a darte. No soy capaz de decirte adiós. Prefiero decirte una vez más que te amo. Te amo.

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

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