After office: Good bye, panties

Ilustración de Verónica Cassiani


¡Me rompió mi pantaletas favorita, vergación! Me costó veinte euros, marica, ¡veinte euros! Ni siquiera voy a multiplicarlo por el paralelo porque me va a dar algo. Mardita sea me rompió mi pantaleta favorita.

Así empieza el himno de esta semana de vacaciones que Sofía y yo nos tomamos para no desperdiciar el fin de semana largo, para salir de la falta de oficio que se agudiza en la ciudad desde hace meses. Lo que va a pasar pasa por recibir en el hotel donde nos quedamos a un amigo que conoció tras un chanceo fugaz; siendo solidaria ante la situación me voy a dar una vuelta larga por el malecón, asustada como estoy por las anécdotas de inseguridad que pululan alrededor de esta playa caribeña por la que me paseo con el sol como vestido.

En el hotel, mientras tanto, todo pasa como tienen que pasar estas cosas para que sean exitosas: se gustan, hay química, se encuentran las cosas en común y se quedan dormidos sobre tanto frenesí pasional sin contemplar las consecuencias de la cercanía. Cuando yo, apenas intuyendo el paisaje, llego a despertarlos porque se hace tarde para andar sola en la orilla del mar, ambos hacen gala de la tranquilidad propia que se vive después de coger y cada uno se da la espalda para devolverse a donde los esperan: ella a contarme la faena al calor de un cigarrete, él a la oficina elegante donde computa.

Cuando subimos a la habitación, una corriente de aire toma por sorpresa a Sofía acariciándola de manera inusual por debajo del vestido, un roce clandestino que, me cuenta después, agradeció luego de haber tirado como cuenta que tiraron. Mientras yo ordeno el trabajo pendiente desde la computadora, ella hace lo propio con el festín que hay en el piso del cuarto cuando un nuevo suspiro en la entrepierna la agarra desprevenida. Agradecida como estaba por el primero no repara en indagar de dónde viene, por qué ahora son tan frecuentes, por qué no recuerda haberlos sentido antes. Cosas feas vienen de indagar en el placer, por eso no la juzgo cuando decide seguir recogiendo para que esto no parezca un motel de autopista.

Finalmente va al baño. ¡Me rompió mi pantaletas favorita, vergación! Me costó veinte euros, marica, ¡veinte euros! Ni siquiera voy a multiplicarlo por el precio del euro paralelo porque me va a dar algo. ¡Mardita sea me rompió mi pantaleta favorita! Yo, que poco entiendo del proceso de ruptura de una pantaleta, escucho desde afuera esperando que salga para que explique qué hay detrás del escándalo que se está armando. De pronto la tengo en frente sosteniéndose la toalla en el pecho con una mano y con la otra, ondeando las bragas rasgadas de extremo a extremo.  ¡Veinte euros!, repetía. Y repetía otra serie de cosas que ya no vienen al caso.

-Ajá, ¿pero fue bueno? -le pregunto yo en mi convicción de que un orgasmo bien compensa una pantaleta rota; de que el mundo no se ha acabado por un accidente doméstico como este. Sofía dice que sí, que tira ameising, que no se anda con rodeos y así todo fluye mejor. ¡Pero vergación, me rompió la pantaleta marica! ¡Era mi favorita para tirar, remendada ya no es igual! Me muestra la víctima y entonces entiendo al menos la queja: donde antes había una pantera negra con la boca abierta en gesto amenazante, ahora hay un felino mueco grabado en un pedazo de tela que de lo estirada, ya no es negra sino gris. El encaje de la parte posterior, que antes funcionaba de malla atrapaculos, ahora tiene un agujero que se extiende con un mínimo de presión. En algo de estructura tan simple como una pantaleta, cualquier agujero es letal e irreparable, 20 euros que se acaban de ir dentro del puño fuerte de un tipo que todavía me resulta desconocido.

Sigo escuchando la retahíla de mi muchacha y de su inversión perdida, de su armario huérfano, de su economía herida, sin darle mucha importancia al asunto doméstico en el que estaba yo apenas de espectadora. Qué te puedo decir, Sofía. Llámalo y reclámale histérica para que te calme con las mansas aguas de una invitación a que te vengues de la misma manera. Llámalo y no le digas nada más que los datos para una cita pronta y rómpele algo en igual medida. Llámalo y ríanse de la torpeza conjunta que los trajo hasta aquí. O no lo llames, ven, fumémonos este porro y te cuento una historia.

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

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