Lukimiə #6: Una historia de mierda

Al otro lado del pasillo, detrás de la puerta de vidrio y del ascensor, al lado de la zona de juegos, frente al puesto de enfermería de la zona norte, hay alguien pateando una puerta tan fuerte que se fractura el pie; adentro hay una mujer de 38 años, residente y médico de guardia de hoy. Lo sé porque hace diez minutos me lo contaba en la habitación mientras me hacía unas preguntas de rutina sobre el estado de salud de Santiago. Escogió esta especialidad porque su padre había fallecido de cáncer en el páncreas y ella quería respuestas. Ahora está muerta de miedo rogando que esto pase rápido.

Siguen oyéndose los golpes a pesar del pie fracturado y de este lado del pasillo, junto a la sala de espera y frente al cuarto de lencería del piso cuarto del hospital oncológico infantil, hay una madre que acaba de dejar de serlo porque pasó lo que nos estuvo diciendo que iba a pasar, cada vez más llorosa, las últimas mañanas en el comedor: que Édison había estado durmiendo mucho tiempo ya, yo le hablo al oído y no despierta, apenas se mueve, balbucea algo, pero no despierta.

Por eso ella sabe que las patadas a la puerta que acaban de empezar significan que el monitor cardiaco se fue a cero y es muy tarde para llamar porque no hay nada por hacer. A pesar de que grita, salta e intenta lanzarse al piso, no tiene lágrimas en la cara; es como si el dolor que sintiera estuviera más allá del llanto y tuviera que improvisar con su cuerpo para sacudírselo. De inmediato interviene su propia madre, que acaba de perder a un nieto y ahora ve cómo su hija se pierde entre todo lo que no entiende. Interviene también la mamá de Iván, el chico de la 409, interviene una enfermera llamando a seguridad y el tío de Édison que todavía pregunta a gritos rabiosos por qué lo dejaron morir si le dijeron que estaba bien. Pero no estaba bien. La leucemia se había esparcido por todo el cuerpo y desde hacía días gritaba sin parar aquejado de dolores generalizados en las piernas, el estómago, la espalda. Hasta la mandíbula era una tortura constante que no hallaba descanso ni consuelo en la morfina; todos lo oímos como ahora oímos a su madre recordar que en la tarde su hijo pidió que le pusieran el doble porque quería descansar. Y eso hizo.

Ahora todo el pasillo es un ir y venir de mujeres curiosas y niños preguntando qué pasa y gente subiéndole el volumen al televisor. Todos los que estamos siendo testigos de esta escena cruel, lo somos para comprobar que no somos nosotros los elegidos de hoy. Por eso y por nada más nos ponemos la mano en el pecho: para callar esta voz que insiste que no vamos a ser los próximos -no podemos ser los próximos- en saber lo que es gritar de esa manera.

Por la ventana abierta se alcanza a ver la ciudad dormida y ajena al cataclismo que intentamos sortear aquí. Mientras el escándalo sigue, alguien borra el nombre del niño de la pizarra de pacientes, alguien llama al personal de la morgue y alguien más a la psicóloga de piso para que canalice ‘la situación’. La médico de guardia sigue encerrada, pero cada quien intenta lidiar a su modo con esta escena, que se ha repetido siete veces en cuatro meses sin dejar de ser nunca una tragedia propia. Escucho, por ejemplo, cómo el papá de Andrea le dice claramente que su amigo se murió, veo a mi compañera de habitación abrazar a su bebé llorando y a él, en respuesta, babearle el hombro al sonreír; veo a mi hermano asustado pidiendo compañía y me veo a mí misma no sabiendo a quién agarrarle la mano. No hay una palabra en este idioma que defina a una madre que pierde a un hijo en un gesto cruel de su parte, como si relegara su dolor al baúl de lo inmaterializable, de lo que tiende desaparecer si no se nombra. No voy a ser madre nunca, me repito, como si ese fuera el último salvavidas de todo el mar, y me agarro yo misma para calmarme.

Así pasan veinte, treinta minutos que pueden cinco o seis, pero dilatados y lentos. El pasillo va volviendo a la quietud habitual de las once de la noche y la sala de espera que lo presenció todo ahora está tranquila, como si las sillas que la habitan no hubiesen sido usadas nunca, o las ventanas no hubiesen sido abiertas o el televisor no hubiese dicho una sola palabra. A través de la puerta de vidrio que nos separa de los ascensores, pasan dos hombres con tapabocas dándole dirección a una camilla en la que va, tapado con una sábana desteñida, un cuerpo inmóvil apenas perturbado por los movimientos bruscos que ocasiona el desnivel del piso. El ascensor suena al abrirse y se lo lleva a él, que ya no es hijo ni hermano ni nieto de nadie, que se llama Édison solo en el mundo de los recuerdos porque de este se acaba de ir sin el escándalo del dolor y en calma, como no podemos estar los que seguimos aquí.

Anuncios

Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: