Lukimiə #4: Des espero

Estaría bueno saber en cuántos cuentos de sobremesa hemos estado sirviendo como historia para llenar el silencio tenso entre un padre déspota y un hijo mancillando el tedio de los veintitantos. ¿Te acuerdas de Mónica, la chama que estudió conmigo? Tiene un hermanito que está en cuidados intensivos desde hace unos días. No puede ser. Sí, que chimbo, hicieron una jornada de donación de sangre pero no pude ir a donar por el tatuaje. O el profesor que le cuenta a la esposa camino al trabajo para no seguir en silencio la situación de una alumna que tuvo hace unos años, imagina cómo deben estar esos padres, debe ser horrible.

Cuando no estoy pensando en eso, salgo a la calle buscando los ojos de cualquier niño, pero ninguno es él saltando de una acera a otra regañándome porque lo hago caminar mucho y hay calor y estoy sudando ¿y ya vamos a llegar? Cualquier destello de felicidad, cualquier proyección optimista, cualquier conversación releíble que me cause una sonrisa, aunque sea leve, se ve azotado por la imagen de mi pequeño compañero de absolutamente cualquier diligencia, viaje o tarde de trabajo casero, cansado de no saber dónde está ni cómo llegó aquí ni por qué a veces grita mi nombre y yo no contesto.

Dime tú cómo me mantengo fuerte y llena de optimismo si lo tengo aruñándose la cara porque no soporta el dolor. Cómo no mirar al techo de anime blanco en busca de alguna soga de la cual sostenerme, tocándole la mano a ver si por la providencia verbal me quedo con el dolor en los dedos porque hace rato se me ocurrió cuestionarme la existencia de cualquier dios y ahora no sé a quién prometerle dejar de fumar o recoger gatos callejeros a cambio de que se recupere  y se venga a casa conmigo.

¿Por qué carajos ninguno de estos niños es Santiago? ¿Por qué ya el vecino del frente no lo llama a las 7 para bajar a jugar o sentarse en la escalera a decir groserías sin que nadie los regañe? Porque para poder serlo yo tendría que haberlo llevado al médico cuando me empezó a pedir siestas cada vez más largas después del almuerzo o alarmarme al menos cuando empezó a sangrarle la nariz o a tener cada vez fiebres más prolongadas. He repasado los detalles una y otra vez, las señales que no vi por creerme inmune, las fotos recientes frente a las que es inevitable preguntarse si todavía dependía de mí evitar todo esto. Para poder tenerlo aquí a mi lado calle arriba calle abajo, tendría que haber aprendido a hacer algo más útil que venir llorando a narrar la emergencia porque las palabras no curan el cáncer ni pueden responderle cuando pregunta por qué no ve y por qué coño de la madre le duele todo.

No se me da muy bien el arte de resistir y adivina qué es lo único que puedo hacer en mi condición de inútil. Quisiera poder al menos saber hablar del miedo de la misma manera en que lo siento, digamos por ejemplo poder describir el temblor de manos cuando entra una llamada de mamá porque del otro lado puede haber pasado lo peor, que es a fin de cuentas la única probabilidad real de desenlace. Me da miedo decir muerte en voz alta y sigo sin poder calcular lo injusto. Todo lo demás es paja.

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

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