Lukimiə #3: Hechos reales

O inexplicável horror
De saber que esta vida é verdadeira,
que é uma coisa real, que é [como um]
ser em todo o seu mistério
Realmente real.
Fenando Pessoa

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El día que lo soñé como ahora lo veo, me desperté sudada buscando el teléfono para llamarlo porque del susto se me olvidó que estaba durmiendo en la habitación de al lado. Fue tan vívido, pensé, pero sus regaños para que dejara de darle besos me traían de vuelta al mundo hermoso donde ambos estábamos a salvo. Era sábado, era diciembre y éramos otros. 

Por eso me parece que no está convulsionando frente a mí, que no están entrando todas estas enfermeras a intentar traerlo de vuelta. Son tantas las manos encima que no me dejan verlo y por tanto, mi voz se pierde en el aire mientras él queda atrapado de nuevo bajo tantas manos que no hallan calma, que no logran reducir los gritos. Yo sigo a un costado siendo tan inútil como siempre temí ser, repasando la conversación que teníamos antes del temblor: “¿Será que me voy a morir? Yo le estoy rezando a Dios, pero creo que me voy a morir”.

Me decía también que no puede dormir porque tiene pesadillas apenas concilia el sueño, por eso suda a la par de las paredes que van perdiendo la pintura a jirones. Llora por el estómago que desde ayer duele igual con un litro de morfina que con una mano sobándolo toda la noche. Me parece que escucharlo decir eso es en sí una pesadilla mayor que contiene las que él tiene mientras duerme y las mías propias, pero es real. La hemoglobina en cero en real, la calvicie, el catéter, las dos transfusiones diarias, la amnesia temporal, la mirada abandonada que entre tantos sedantes alcanza a alucinar a un niño orinando en una esquina.

El tiempo entre ese sueño y el presente ha pasado igual que está pasando ahora y yo sigo sin poder ser como ellos (médicos, enfermeros, papá y mamá, hermano, tíos, abuela). Los veo rezar de rodillas y apenas me alcanza el juicio para quedarme quieta buscando botones por dentro a ver cuál me devuelve al aquí, a llorar desconsolada, a sentir el miedo y la esperanza como un solo sentimiento. Pero no siento nada. No lloro. No pienso de más. Las voces de los niños vecinos ya no me conmueven, ni pregunto por qué sí o por qué no. Solo lo veo salir empujado en una camilla como esa noche que lo soñé, con la boca y la nariz perdidas bajo la máscara de oxígeno; uno de los camilleros se adelanta y pide el ascensor, otros dos empujan y de último, papá y mamá llorando. Y yo sigo sin sentir, sin estar presente, sin saber si seguir andando o irme con ellos flotando por las escaleras, por la puerta de salida, por el vagón de la ambulancia donde por encima de los calmantes persiste el dolor, los gritos y la sensación de que lo innombrable empieza a reclamar su nombre.

 

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

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