Muerte en la capital

Queríamos, pobres de nosotros, pedir auxilio;
pero no había nadie para venir en nuestra ayuda. 

Petronio

En la acera del comedor El pequeño DiLascio empieza a crecer la cola para entrar al supermercado que está al lado, que se mueve al son de las personas que saludan, preguntan, sacan conversación mencionando el precio del dólar o la alocución presidencial de anoche. Nada que valga la pena ser escuchado más allá que para reír forzadamente de vez en cuando y no echarse a nadie como enemigo. Este es un lugar, por demás, curioso (contando con que usted se imagine con la palabra ‘curioso’ lo mismo que veo yo). La gente camina por la calle con el afán de la espera, de que el último que llega se queda sin número, sin bus, sin voz, sin paso. Parece una ciudad diseñada para no llegar a ningún lado y se entiende que todos los caminos conducen al mismo destino porque a fin de cuentas es una ciudad abrazada en círculo por montañas. Y aquí vive encerrada toda la gente de esta cola, incluyendo el hombre con la mano que sostiene la arepa, de la que puede decirse que está formada como unidad por dos unidades más, en este caso de tapas de masa con pecas negras deformes, embaladas en la parte inferior por un pedazo de papel aluminio que no permite ver si están unidas o son cada una independiente de la otra.

El hombre sostiene la arepa con la mano porque necesita que no se le caiga y ella se deja sostener para no caerse. A pesar de la atrocidad, se necesitan, sí, pero también ella encaja en esa mano mecedora como la boca de un bebé en el pecho materno. Desde ahí arriba apenas sostiene con la boca un ramo de pollo desmechado, varias lonjas de aguacate, varias salsas mezcladas y pedazos de queso en su jugo. El hombre que la sostiene luce paciente, sin percatarse de lo que implica sostener una arepa bajo este cielo amenazante, delante de toda esta gente que bulle con la prisa del día. Lo que sí se le asoma en la mirada cuando la baja es la expectativa en diversas formas. Tiene la salivación de alguien que está a punto de coger porque lo que viene es casi tan bueno que puede matar el hambre y la soledad de un solo tiro.

Por otro lado, la arepa me mira desde su posición de levantamiento y la miro yo de vuelta de la misma manera, ya no viendo un plato para llevar si no a un monstruo con la boca llena de guisos, aguas, sales y aguacate que desafía en vano a la mano en la que reposa. Ella sabe que está condenada por su naturaleza inconforme y yo sé que ella sabe porque se mueve al ritmo de la mano, que se mueve al ritmo de la calle, que se mueve al ritmo de las nubes grises que amenazan con mojarnos si no nos apuramos a llegar al próximo sitio. La arepa luce asustada, pero no dice nada, no murmura, no emite sonido. Tiene miedo de decir algo que haga al hombre que la sostiene botarla a la basura por grosera. O peor, dejarla tirada en alguna acera condenada a morir aplastada. No. No encuentra acomodo en el nido que el hombre de la mano le arma con su palma, pero ella no va a terminar siendo una arepa descompuesta por el calor y el orín de los transeúntes. Solo no sabe calmarse. Entre las charlas por la escasez de jabón, una señora agita su mano muy cerca de la mano del hombre sostenedor. Tres moscas salen volando despavoridas, así que hay unos dientes que entiende que es momento de empezar a comer y vuelve la boca a su estado cero, en forma de o, lista para complacerse.

Empieza sin lástima con el primer mordisco despiadado. Una correa le sostiene los pantalones en la cintura con tres perforaciones improvisadas al final, delatan el hambre que tiene el hombre. La arepa grita, la arepa se desangra en su lecho a la vista de la mano del hombre que la sostiene, de los ojos mirones de las personas en la cola que se espantan los gritos reconocibles de una arepa en pena como un zancudo zumbando al oído. Los que tienen ojos para ver empiezan a notar en el piso los primeros vestigios de la masacre: un trozo de salchicha que salpicó de sangre el bordillo de la acera, varios copos de queso aplastados una y otra vez por los zapatos de los testigos; un charco pequeño de agua de pollo se nutre de las gotas que caen desde el codo; una servilleta empapada de todo aquel desastre no puede más y se deshace frente a nosotros.

Un segundo mordisco la deja sin habla, convertida en una sonrisa curva carente de dientes frontales. La arepa nos sigue mirando ya desfigurada, ya vencida por los ataques hambrientos de su dueño, pero no dice nada. No grita. No luce incómoda. No hay espasmos de dolor. Donde antes había un monstruo desafiante de boca verde, ahora hay una media luna vacía que ya no atrae a los colmillos del hombre que sostiene la arepa con la ferocidad de hace unos minutos. El suelo es un escenario sangriento parecido a una postal del desastre. La mano que sostenía la arepa queda libre, colgando como siempre de una muñeca que cuelga de un brazo que cuelga de un hombro.

La ciudad sigue su ritmo frenético, indetenible como el que hace unos segundos tenía la arepa que acaba de morir. Hay tanto pasando y yo soy una sola. La cola avanza, la gente cancela sus productos, el cielo cumple su amenaza y empieza a llover. ¿Curioso te parece una manera decente de zafarse de una descripción más precisa? Aquí el mundo es redondo, como la arepa que ya no existen.

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

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