After office: Sofía y las flores

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Ilustración de Verónica Cassiani

Pasa que una se consigue por fin, después de tanto buscar, a un tipo medianamente decente con el que se pueda conversar a gusto y que no ande en sandalias todo el día como si el mundo fuera una gran pradera llena de amor donde sobra la higiene. Como cumple estos dos requisitos básicos, el tipo vive muy lejos de usted, así que hay dos maneras de verlo: a. Esta es una aventura que me va a llevar a conocer el país buscando sitios para tirar, b. Ojalá valga la pena la roncha de montarme en un bus que fijo se va a dañar después de Carora. En cualquier caso, se termina viajando y se termina aprendiendo también que viajar no es solo agarrar la mochila, tu buena actitud hacia la vida e irte a probar cosas nuevas fuera de tu zona cómoda.

Los viajes sexuales de la gente cuya filosofía no es dejar que todo fluya, tienen otras implicaciones. Primero, el starter pack que uno va nutriendo a punta de manías propias y aprendidas de las amigas que ya han pasado por aquí o que, simplemente, se atreven a ponerse en los zapatos de uno. Jabón íntimo, indispensable si no quieres llegar con tu templo hecho pedazos; cremas de olores suaves, lociones comestibles para jugar un poco, lencería atrevida (quizá algún disfraz de secretaria), juguetes si el plan incluye alcohol y cero vergüenza, cigarrillos para el post y música si el esfuerzo es mucho. Pero es importante, como en todo aspecto de la vida, no hacer menos por querer hacer más. Eso le pasó a la amiga de una amiga cuyo nombre puede ser Sofía. Una relación que empezó en unas vacaciones se extendió lo suficiente para hacerla ir hasta Caracas una vez al mes y cultivar una gran amistad sexual.

En una oportunidad, para salir de la rutina, se citaron en una ciudad neutral y ella, en su afán de que todo saliera bien, se embalsamó la noche anterior en aceite de coco, queriendo lograr que el aroma fuera un punto a su favor. En ese momento tienes la cabeza en tantas cosas (pararte temprano a terminar el trabajo pendiente, ¿eché todas las pantaletas de encaje? Allá compro condones. ¿Y si no consigo? Él debe tener. ¿Y si no tiene?) que se te olvida sacar del cuarto las flores que te dieron en tu cumpleaños hace unas semanas porque sigues con la idea romántica de disecar pétalos dentro de algunos libros. Igual, ¿por qué habrían de importar las flores? Eso mismo le pregunté a Sofía. No imaginaba qué tan determinante podían ser en la historia detrás de  “cómo terminé tirada en una cama incapaz de coger, mientras este tipo me echaba crema por todos lados”.

Resulta que no es tanto la flor en sí, sino los visitantes que atrae cuando el ramo lleva más de una semana en un rincón sin agua y sin la fumigación adecuada. Resulta que esos pequeños visitantes llegan sin que los veas buscando extraer todo el néctar que pueda quedar en una docena de margaritas marchitas. ¿Y qué tienen en común la flor y el aceite de coco con el que Sofía se embalsamó antes de dormir? Exacto. Ambos son dulces. Así fue como su cuerpo se convirtió en un bebedero de azúcar para la polilla floral que no sabía que tenía viviendo en su cuarto. Todo estaba cubierto de parches rojos, irritados de tanto pico, de tantos dientes invisibles que se apostaron como crías amamantando y la dejaron irreconocible para la que se suponía iba a ser la mejor faena de sexo en el bloque.

A las 4 de la mañana, cuando prendió la luz y pudo ver por qué no podía dejar de rascarse, ese plan parecía caerse. Pero ya estaba todo listo: la maleta, los juguetes, el avión esperando en el aeropuerto, la conexión pautada para las 2 de la tarde, el hotel reservado, los días libres en el trabajo. Beyonce iría, ¿por qué no habría de ir yo? Sofía contó que se había dicho eso a sí misma en ese momento decisivo, así que no quedaba de otra: cuando llegó, se sinceró con su amante, se quitó la ropa y juntos empezaron a rascar. Este, luego de la burla propicia y sin ningún intento de manoseo por encima de tanto maltrato, se apostó todo el fin de semana a masajearla en pro de alguna mejoría. Donde antes había aceite de coco, ahora habían cremas antiinflamatorias, antibióticas, mentoladas que le cubrían el culo, las piernas, los brazos y cualquier otro lugar que hubiese sido atacado por los bichos asesinos.

Lo demás es predecible. Este ahora es un cuento de carretera destinado a pasar de boca en boca como leyenda urbana. Quizá Sofía se llame en realidad Andrea y ya no tenga 23 años sino 28, un hijo y una deuda con el banco. Quizá se volvió lesbiana y fabricante de aceites sin azúcar llamativa. Quién sabe. Pero siempre nos quedará aquel viejo motel donde alguien intentó chuparle el néctar de su flor y ella vivió para enseñarnos dos cosas: más es menos (siempre) y ¡bota las putas flores!

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

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