Piedras 990

 Me perdí en Buenos Aires, ebria, me hallaron en un búnker, bailando en medio de travestis, un hombre pensó que yo era un muchacho, salimos a la calle a tomar unas cervezas, me habló de su amado por horas, me dijo que lo golpeaba, que cuando quiso matarlo él besó su trasero, luego habló de unas luces que ve al cruzar la calle de San Telmo (…)
Deslizó su mano hasta tocar la mía,
nos parecíamos a una breve imagen del abandono.

Malú Urriola

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“Me acaba de tomar unos diez segundos reconocerlos”, fue lo primero que atiné a decir al verlos a ambos recién bañados en perfume esperándonos en los sillones del lobby. Hacía más de quince años que no los veía y en ese lapso de tiempo, todos crecimos más de lo que planeamos cuando nos reunieron bajo un palmera marítima para decirnos que éramos primos. Diego y Sebastián viven en la capital desde hace cinco y dos años respectivamente, tiempo que les ha alcanzado para adueñarse de esa energía metropolitana que nunca les pareció ajena. Gabriel y yo, por nuestro lado, teníamos meses explorando la ciudad, cada uno a su antojo pero acompañándonos. En un acto social de los que le encantan les escribió con las coordenadas del hotel y así fue como varias horas más tarde Alessandro el recepcionista, llamó a la habitación para avisarnos. “¿Señora Patricia? Aquí abajo hay unos shicos que los esperan. Me dice que ustedes saben de quiénes hablo”.

Diego escogió el bar, la distribución de las sillas y a Claire, la mesonera que nos está atendiendo, una francesa que acaba de llegar al sur en busca de la aventura prometida. Apenas rasga el español, pero ese pelo rubio está poniendo como locos a los hombres de la mesa, incluido Gabriel, que está afirmando de nuevo que una mujer realmente hermosa sería capaz de volverlo heterosexual por un instante. Bienvenida a este cuarteto de cuerdas que también llegó buscando lo que no está perdido, Claire, lamento no poder salvarte de los ojos depredadores de estos señores. Por ahora tráeme una Quilmes de litro por favor que yo también quisiera que las palabras no me salieran rotas, pero ya ves tú que por eso necesito de ti esta noche.

Gabriel se va a buscar el baño, Sebastián lo sigue casi de inmediato y Diego, oh Diego, pequeño perseverante, me toca la boca y me dice “quiero salir contigo a solas, no me digas que no”. Salud por eso Claire, chicos, salud porque en ustedes confío para construir un mundo donde no nos andemos con huevonadas.

Salud por traernos a esta fiesta de reflectores y por los enamorados pasándose coca con la lengua en las esquinas porque pronto vamos a ser como ellos. Diego me invita a la barra, pero en el camino una falla eléctrica lo deja todo a oscuras para propiciar un beso de los que me gustan para noches como esta. Mete su lengua hasta encontrar la mía y yo no sé, yo digo que está mal pero se siente tan bien que mejor le muerdo el labio duro para que me recuerde antes de tener de qué arrepentirme. Mientras la luz sigue ausente, nosotros seguimos en medio de la fiesta desafiando las leyes de la buena moral inculcada; estamos lejos, qué importa, mejor me dejo llevar flotando a ver hasta dónde llega esta noche que cada vez va pareciéndose más a una hoja en blanco.

Volvemos sin los tragos a donde está el resto de nosotros como si el mundo siguiera igual que cuando nos fuimos. Alguien está seleccionando música que me suena familiar, todo es tan lejano que me siento como en casa está entre todas estas caras trabadas y bastarían, te lo juro, un par de ojos cuerdos que me miren fijamente para hacerme recordar que esto es solo un escondite atestado de prófugos.

Sebastián me recibe con preguntas sobre el labial corrido de mi boca pero sabes qué, vamos a prender un cigarrillo mejor y a brindar con la mancha de vino que tengo en la falda. Salud muchachos, por hacer de este encuentro casual una historia de veinticuatro cuadros por segundo que reproduzco mientras intento no caerme de camino al hotel; quiebren las copas porque aquí dentro de ustedes soy imborrable, como las palabras dichas.

Boom.

Después de lograrlo, no supe quién era y sigo esta mañana sin saberlo. Intenté levantarme porque olía a café, pero vomité antes de poder dar un paso hacia la dirección correcta. Donde ayer había otra boca apretando, hoy hay una herida que arde con la sal del pan. Gabriel no está por ningún lado, ni Sebas, ni Diego, ni Alessandro, ni la guapa de Claire que ayer balbuceaba tonterías mientras me sobaba el pelo. Un barco me espera en la avenida para mostrarme unas islas que van a recordarme a alguien que está lejos, pero no lo alcanzo, no puedo caminar tan rápido como él. Me subí al tren a intentarlo de nuevo y lo único que pude coordinar al bajarme en la estación fue meter la cabeza en un bote de basura para exorcizarme. Salud por eso Claire, chicos. Salud porque desde este verano al sur del mundo, creo que he vivido.

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

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