La prima lejana

Con mi prima la relación siempre fue muy rara. Ella era oriunda del flamante 89 y yo llegué tres años después, en pleno febrero del 92. Era hija única, ella; yo con el tiempo me convertí en la hermana mayor de dos muchachitos mocosos. Guapa, de pelo largo, siempre largo, liso hasta la cintura. Los labios carnosos los había heredado de mi tío, pero a ella se le veían como una fresa partida por la mitad que provocaba morder en época de calor. Además de sexy, siempre me pareció refrescante su apariencia. Desde pequeñas dormíamos juntas, casi siempre yo en su casa porque mi tía se negaba a dormir sola dejándola a ella en la mía, así que fuimos inseparables la primera década de mi vida.

Pero así como fuimos de inseparables, fuimos de distintas. Además del físico (yo siempre fue una niña gorda, retraída y sin una pizca de autoestima), su familia se mudó de casa unas cinco veces. Conseguía amigos donde llegaba; incluso en una época en que nos fuimos juntas de vacaciones a la casa de la abuela en Bucaramanga, ella fue la que nos salvó del encierro sin televisor ni radio y nos sacó por la urbanización a ver qué hacía la gente de por ahí a esa hora. Así fue como compartimos juegos y risas con Silvia, Fresia y otra gente de esa época en varios viajes posteriores. Desde mi postura de amiga de mis vecinos inmediatos y más de quedarme con mis juguetes que de salir a conocer a los que vivían cerca, le envidié hasta bien entrada la adolescencia esa capacidad de hacerse recordar, de que la distancia no pesara en la memoria de quienes alguna vez la habían visto sonreír. Era un don que le abría puertas por todos lados mientras yo me iba cristalizando en una rutina que incluía un colegio de monjas y las novelas de los 90 que pasaban en Televisa.

No sé cuándo lo noté, o cuándo empecé a denominarlo con estas palabras, pero ella me ganaba en todo. Al menos en todo lo que mi superficialidad me dejaba considerar importante a los 6 años. La ropa le quedaba mejor, no sufría de bullying ni en su colegio ni por la familia, tenía una paciencia única para hacerme enojar y no enojarse ella por lo que yo pudiera hacerle. Muchas veces llegué a odiarla, en un empeño infantil por mitigar mis aburrimientos recriminándole con fuerza sus virtudes, pero fueron más las veces en que fuimos inseparables, en que me ayudó a pesar de mi odio. Juntas preparamos huelgas con pancartas y consignas para conseguir lo que la gente mayor no quisiera darnos. No sé de dónde sacamos la figura de la huelga, pero sí es cierto que en 1999, Colombia estaba azotada por los secuestros a figuras públicas, las masacres de poblaciones enteras y un proceso de paz fallido. Sin embargo en nuestra ciudad, más allá del asesinato de Rafael Orozco el año de mi nacimiento, no mucho de esa guerra nos tocaba.

la foto

Su madre, mi tía, era una mujer alegre pero cascarrabias, más parecida a mí que a su hija, pero fue mi primer modelo musical y me llenó de baladas los oídos cuando yo apenas iba descubriendo el poder de las palabras. Su casa olía a sábados de desinfectante de aromas y flores frescas que mantenía sobre la mesa del comedor. Una colección de vinilos parecida a la que había en mi casa completaban el inmobiliario. Raúl Santi, Vicente Fernández, Chayanne, Pimpinela, Abba, Oscar Golden, Piero, Gali Galeano. Ana Gabriel sonaba al menos una vez al día y ella se empañaba en cambiar la música con sus manos para que no le fuéramos a dañar el equipo.

El caso es que mi prima y yo desarrollamos con el tiempo una competencia táctica donde todas las veces resultó ganadora ella (a excepción del presente, en el que ella no es nada de lo que yo soy yo y por primera vez me siento en paz con la idea de considerarlo un empate). Yo estaba aprendiendo a hablar inglés, escuchaba a los Backstreet Boys con bastante euforia y me estaba llenando de conocimientos a punta de libros de Torre de papel de Norma. Ella por su parte seguía siendo bella, amigable, llena de novios y pretendientes y propuestas para toda clase de cosas que no incluían ninguna de mi interés. Y así empezamos a separarnos.

Eso fue hace ya doce años. A veces no me parece creíble el peso que llega a tener el tiempo cuando se trata de recordar. Doce años que parecen tres vidas juntas. Doce años de nosotras unidas por el único vínculo de habernos conocido primero. No somos parecidas en lo absoluto, me atrevería a decir que no tenemos nada más que el apellido en común y ya la competencia que manteníamos (o al menos yo, en mi cabeza de niña resentida) se acabó cuando descubrí cómo vivir mi vida sin estar pendiente de la de ella.

Digo que mantenemos una relación rara porque a veces la extraño. Quiero decir, a veces cuando estoy sola, quisiera no habernos tenido que alejar porque aún no teniendo cosas en común, podríamos hacernos compañía de vez en cuando. Yo le contaría de mis amores, ella de sus despechos y ambas hubiésemos aprendido a brindar frente al mar que a pesar de todo, nunca hemos podido disfrutar juntas. Entonces vuelvo a mi manía de escribir para hacer que la gente que extraño vuelva. Y me la imagino siendo mi prima lejana, pero feliz, como me dice que está ahorita, mientras registro esto. 

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

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