El draft

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Soñé que iba manejando y un carro me chocaba por la puerta del copiloto. Mi cuerpo quedaba aprisionado contra la carrocería del carro victimario y una pared a la que llegó el mío por el arrastre. En un segundo de conciencia, supe que ese era el final. Recordé a mi padre cuando me dijo llorando, en medio de su segundo infarto, que se iba a morir. Luego me vi sobándole la cabeza intentando que dejara de decir bobadas, y la verdad es que me hubiese gustado que alguien me sobase la cabeza a mí también en esa previa. Pero no había nadie, y supe que todo estaba acabando, que no iba a tener más tiempo; alcancé a pensar en mi madre llorando a gritos, en la conversación que tuvimos al respecto en el cuarto no mirándonos, en cómo concluiste después que la muerte era como volver a la nada. “Yo creo que… es eso. Y ya”. Te recordé encogiendo los hombros. De alguna manera esa idea me ayudó a entregarme a lo que iba pasando. Contrario a las lágrimas en los ojos de mi padre, la inmunidad del sueño no me dejó sentir miedo. Alcancé a estar triste, pero nunca asustada.

De ahí salté a tu sofá, en medio de una de tus noches, a contarte esto que te estoy escribiendo. Tú me reclamabas por el accidente, por dejarte solo, por un montón de cosas sobre las que yo no tuve poder de decisión. No sé por qué no te dije que me hubiese gustado un último abrazo, apenas lo pensé cuando me recuperaba de la despertada brusca. Me pasa todo el tiempo esto de repasar conversaciones mentalmente cambiando mis respuestas hasta llegar a la charla que me hubiese gustado haber tenido. Volviste a llorarme al oído, como una radionovela melodramática que me dolía. Me preguntaba mientras lo vivía de dónde había salido todo esto, toda esa tristeza en la mitad de la noche. Yo intentaba argumentar que tu idea de la muerte me había ayudado a saltar, pero tú en tu empeño de tocarme, no hacías caso.

Estaba temblando. Había olvidado prender el aire acondicionado y estaba sudando en medio de escalofríos, pero bien pude haberme despertado al caerme de la cama por ser tan cursi. Hacía días me venía acostando con la sensación de poder ubicarte en sueños no sé, quizá por alguna fantasía pendeja de registro fílmico personal, de tener recuerdos tuyos que nunca hubiesen sido tuyos. Otro coñazo por cursi, ya sé. Pero no duermo bien porque me aterran los pasos que no dejan huellas y las capacidades que tengo de no poder detenerme ni un minuto a pensar que debería empezar a usar mejor las comas o hacer algo ya.

En ese orden de ideas, mi definición de un viernes productivo es trancar la puerta de mi cuarto para posarme con calma frente a la computadora, como he estado las últimas 96 horas, porque me parece que el mundo está aquí y no necesito nada más (excepto que vos no estás en internet). A veces me desespero. A veces me fumo un porro y alcanzo a dormir tranquila. A veces busco grabaciones viejas donde tengo tu voz guardada o nos recuerdo en Porlamar y así voy, volviendo a sabotear mis intensiones de no escribir más sobre lo que no existe. Es un concepto muy raro el de la distancia.

¿Nos vemos antes de irme? Tengo algo para darte.
Un abrazo.

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

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