Retrato hablado

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Tiene los ojos chiquitos, siempre medio cerrados, pero naturalmente, porque cuando los cierra se le ven dos líneas definidas por un camino de pestañas y uno sabe que tiene los ojos cerrados, no lo duda. Hay veces que se ríe tanto que se tiene que parar de la silla para poder seguir haciéndolo sin morir en el intento y los cachetes le oprimen los ojos, les sacan lágrimas. Ahí también parece que tuviese los ojos cerrados pero no, cuando él cierra los ojos uno sabe que ha cerrado los ojos ya dije cómo. A ver. Tiene las cejas gruesas desde el centro de la frente hasta el final de cada párpado, pero en su sitio. Cuando se le cae una le saca un deseo porque las pestañas dice que son un invento de la cultura de masas.

La nariz es pequeña, recta si la miras de perfil, pero de frente ninguno de los orificios se pasa de sus límites y es curioso, pero cuando sonríe se nota que su nariz está bien diseñada porque no se expande hacia los lados. Muchas cosas se notan cuando sonríe. La boca se le pierde entre la barba cuando intenta dejársela y cuando no, también encuentra la manera de extraviarla entre las manos, entre una declaración jurada de que estamos aquí para hablar de mariposas, entre una canción que pone para evitar que uno se quede viendo cómo se le escapa la felicidad contenida por en medio de los dientes desordenados.

A veces me reclama no tener televisor en mi cuarto, me tilda de desadaptada, de hija pródiga de sus 90 malentendidos. A veces le doy la razón. ¿Sabes cuánta compañía me haría un televisor? Con toda esa gente ahí dentro, le digo. Me dice que lo sabe y cuando me lo dice, se acomoda el pelo por detrás de las orejas para darle paso a un montón de lunares que, después de dos cervezas, se le empiezan a caer del cuello y le bajan hasta más allá de los botones de la camisa. Tiene su propia constelación y se lo dije al oído en medio de una fiesta, pero no respondió nada porque no sabía cómo decir que la palabra constelación no le gusta. Pero la tiene y se sabe que la tiene porque hay eclipses sucediéndole en el pecho todo el tiempo, en los hombros, en la línea fina de barba que se deja como prueba de que ha escrito mucho de noche. Más arriba, en la frente, tiene una cicatriz vertical de unos cuatro centímetros, de una vez que se reventó una botella en la cara, pero la verdad es que ahí reside su cinturón de Orión.

Es cobarde. Si se atreve, intente dibujar cómo le tiemblan las manos cuando se queda mirando a quien le cuente una historia, cómo se ríe de sus propios chistes cuando está nervioso, cómo dice la verdad cuando está borracho y no se arrepiente al otro día, pero no creo que pueda. Canta en secreto, esa podría ser una pista para encontrarlo. Cántenle. Láncele canciones de las viejas como si fuera arroz para palomas, que él va a llegar llorando sobre algún vallenato, sobre algún recuerdo de la casa blanca que le quitan cuando despierta, sobre alguna melodía rebujada entre adioses.

Con esto alcanza, yo creo. Póngale un rostro y en el rostro, una risa amplia, como le gustaría escucharla de haberla visto. Haga que exista. Haga que vuelva.

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

Un Comentario

  1. ¡Puro amor! Yo le puse rostro, la risa amplia por coincidencia, la tiene desde el 90, suena divino, si existe.. Solo espero que vuelva.

    Gracias por escribir.

    Me gusta

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