La noche de Grano de Oro

-¿Qué quieres hacer? -Vamos dar vueltas y nos fumamos esto, ¿no? -Dale pues.

Andrés empezó a manejar con una mano en el volante y la otra dándole scroll frenético a su iPod, desesperado digo, buscando en sus listas de reproducción cuál era la que nos iba a musicalizar lo que iba a pasar a continuación. En algún momento me angustió su insistencia sin resultados, por lo que tomé la delantera, conecté el mío y le dije que me dejara llevarlo. Empezó a sonar Ahora te puedes marchar y empezamos nosotros también a marcharnos.

Salimos del concierto de jazz, agarramos toda 5 de julio, yo cantando, Andrés contando las farolas que todavía funcionaban. Ocho del lado izquierdo desde la bookshop hasta La Estancia, diez del lado derecho. En la esquina de la avenida 10, seis putas exhibían en el filo de la acera los nimishorts de jean, la cirugía de las tetas, el botox en la boca, la vaginoplastia. Mientras esperábamos que el semáforo cambiara, dos carros pitaron al pasar y solo uno se detuvo a conversar con alguna.

Si no supiste amar, ahora te puedes marchar.

Cambió el semáforo y cambió la canción. Bajamos por la avenida, cogimos otra avenida, buscamos varias calles. Andrés tuvo un momento de claridad musical, tomó el mando y nos entregó al pop libanés. En una esquina subió los vidrios con prisa, dejando todo el humo por dentro, pero ya estaba relajado. “Si hay algo que tienen los Toyota es que el olor no se les pega”. Y yo le creo. Ese Toyota 97 ha sido nuestro refugio desde hace tres años y esa noche, como tantas otras, parecía una caravana de la felicidad, nublada por dentro, intacta por fuera. Parecía Wicked Bar en los tiempos en que dejaban fumar adentro y todo el que iba se acostumbraba al ardor en los ojos después de las 10 de la noche.

Al volver a tomar la avenida vacía, bajamos los vidrios con más calma. Empezó a sonar una tipa francesa que se oía igual a Britney y en el intermedio, un rapero empezó a hacer de las suyas. La ciudad a las once de la noche se deja manejar así, con los vidrios abajo, con el viento y la oscuridad golpeando caras, guardando el camino para irlo revelando de a poco con las luces del carro, como un ejercicio para vivir el presente de manera obligatoria. Casi. Solo que es mala administración municipal.

Antes de continuar debo presentarles a Adam. O presentárnoslo. Adam es el enamorado de Andrés, con el que comparte esa etapa melosa de las relaciones de pareja donde uno intenta ser aventurero, decirle que sí a la vida para poder tener historias qué contar en la llamada antes de dormir.  Mientras Adam vive en San Francisco y el trabajo de sorprender a Andrés (y a mí por asociación) no le cuesta nada, Andrés trabaja fuerte para mostrarle que aquí también hay vida a pesar de nosotros. Así fue como terminamos en ese concierto de jazz, como nos bebimos doce copas de vino en una hora y como terminamos en ese parque de diversiones chatarrero.

Claro, Adam mostrándonos San Francisco por Snapchat, nosotros navegando en la oscuridad de la avenida Universidad, soñando con estar lejos mientras estábamos aquí y el tema de que fuese viernes en la noche y no fuera la mejor noche de nuestras vidas, nos llevaron a los dos a vivir lo que vivimos a continuación. Yo entusiasmada por la noche  y las historias que nos íbamos inventando sobre lo que estaríamos haciendo si estuviésemos en San Francisco (borrachos, disfrazados en una fiesta en el downtown donde Adam se reúne con sus amigos libreros desinhibidos) le dije que sí cuando Andrés preguntó si nos bajábamos en Grano de Oro. “Vamos a echarle bolas”, le respondí bien envalentonada, llevada más que todo por esta necesidad de sentirme espontánea y un poco menos muerta que por un verdadero interés en las atracciones mecánicas.

-Ajá, vamos al barco, los carritos chocones, el gusanito y el martillo, ¿te parece?
-Todo bello, menos el martillo.
-El martillo es lo mejor que tiene esta verga.
-Sí, pero la juventud no me alcanza para tanto. La última vez que me monté en uno casi me muero. En serio.
-Bueno, ¿yo compro los tickets y tú haces la cola?
-Sí va.

Para subir habían escasas doce personas. Un grupo de nueve jovencitos entre hombres y mujeres se dividieron por sexos lo que había de barco. Las cinco adolescentes se sentaron en la última línea de asientos y los hombres, se sentaron en la primera. Andrés sugirió que nos sentáramos en el centro porque las puntas se elevaban más y así, incautos, terminamos dando pie a esta historia.

Al principio todo era felicidad. Andrés y yo éramos Peter Pan y Wendy volando por la noche marabina con la ciudad a nuestros pies, con las luces mostrándonos un panorama distinto. Todo desde arriba se sentía encantador, vivo. Hasta que abrí los ojos y recordé que sufro de vértigo. Empecé a temblar sin control alguno mientras Andrés a mi lado parecía calmado, disfrutando del poco paisaje que se dejaba ver. En medio de mi arrepentimiento, lo agarré por el brazo como si mi vida dependiera de ello, recosté mi cabeza en su hombro y cerré los ojos, dispuesta a no abrirlos hasta que estuviéramos en tierra firme nuevamente.

Entre los sonidos del resto de atracciones mecánicas y el concierto de Beyonce que estaba cantando mentalmente para distraerme, se colaron algunos gritos con destinatario preciso. Seguí repasando la discografía de B con los ojos apretados, sintiendo cómo el barco de movía de un lado a otro como una madre que arrulla a su hijo para que se duerma. De pronto se hizo evidente lo que estaban gritando las ocupantes del puesto de atrás.

-¡Bésala ya, bésala mijo, bésala!

Paré el concierto de Beyonce y presté más atención.

-Mijo, bésala, dale, que se va a morir de miedo esa mujer. ¡Bésala!

Levanté la cabeza para preguntarle a Andrés si él estaba escuchando lo que yo estaba escuchando, pero no fue necesario porque ya había empezado a comentármelo.

-Esas marditas se están burlando de nosotros. -Bueno, equis. No las escuches, no son nadie. Vamos a bajarnos de aquí y nos pasamos al gusanito o alguna otra cosa menos traumática.

No podía dejar de rearme de su cara de arrechera. Agaché la cabeza nuevamente porque en medio de la discusión habíamos llegado al punto más alto y mi vértigo apareció nuevamente dispuesto a dar la batalla. Las burlas de lado y lado continuaron.

-Dale un besito, chico, daaaaaale –gritaban ahora los muchachos de la primera fila-. Se está muriendo de miedo, dale, dale. Un besito.

Yo seguía riéndome de Andrés mientras escuchaba las burlas pubertas de las que estábamos siendo objeto. Pero no se unía a mis carcajadas, más bien estaba serio, un poco apenado diría hoy al recordarlo, y se mantuvo en silencio hasta que no pudo más.

-Vergación, yo soy marico, ¿no se me nota? Vayan a depilarse ese bigote asqueroso que tienen –les dijo a las cinco niñas burlonas.

Mientras lo iba gritando, el barco iba calmando su meneo lentamente, hasta llegar a tierra. La señal para poder levantarnos e irnos estaba dada y la seguimos. Nos bajamos y buscamos los carritos chocones, pero nuestros victimarios estaban haciendo fila para montarse. Andrés no se atrevió.

-Qué maltripeo estos mariditos coitos sin oficio -dijo Andrés. -Vamos al gusanito, nos montamos dos veces y nos vamos de aquí.

Eso hicimos. Y aquí estamos contando cómo fue que una noche, por ser espontáneo, terminamos siendo víctimas de bullying en Grano de Oro.

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

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