La devaluación del significante

Por medio de hábiles mentiras, repetidas hasta la saciedad, es posible hacer creer a la gente que el cielo es el infierno y el infierno el cielo.

Adolfo Hitler.

Desde el 12 de febrero, Diosdado Cabello, Nicolás Maduro, Jorge Arreaza y cualquier politiquero vestido de rojo se empeña en sentenciar que nadie va a derrocar al gobierno que eligió la mayoría. Mayoría que también eligió a Daniel Ceballos en San Cristóbal y a Enzo Scarano en San Diego, estado Carabobo, ambos detenidos por el SEBIN. Ante las barricadas, crecientes y caóticas, el desorden cívico y el recrudecimiento de la situación de calle, Ceballos fue acusado de rebelión civil, facilitación y apoyo “a todas las violencias irracionales que se desataron en la ciudad de San Cristóbal”, mientras el Tribunal Supremo de Justicia declaró el desacato al mandamiento del amparo cautelar dictado condenó a Scarano a 10 meses y 15 días de cárcel. En ambas ciudades, el resultado fue más represión: a las cuatro personas detenidas por defender esa mayoría que tanto desgasta el chavismo, se le sumó un Centro Nacional Electoral que prepara elecciones a una velocidad inquietante, después de que demostrar que es capaz de guardar silencio si el presidente desaparece de la faz del país por cuatro meses.

 Dentro de la revolución todo, fuera de la revolución nada.

Queramos o no, ya en este punto donde la contradicción es la regla, los diccionarios no existen y las palabras se rellenan a punta de discurso. Eso, y los eufemismos, nos apresan en una realidad que se discute, se trilla en cadena nacional, pero no se vive. Así es como el gobierno celebra “la siembra” de Chávez, pero mantiene bajo secreto las cifras oficiales de asesinatos desde el 2003. En Colombia, país con un historial bélico que se extiende por más de 50 años, el secuestro, la guerra entre los paramilitares y el estado se sostiene con robo, sicariato y tortura. Venezuela ocupó un vergonzoso quinto lugar en secuestros en el 2013 (Colombia el noveno), respaldado por el informe del Observatorio Venezolano de Violencia, donde se menciona que el en el país registró 79 muertes por cada 100 mil habitantes, es decir, entre 11 mil y 25 mil venezolanos muertos por violencia en un año. Y Maduro repite en cadena, en su programa de radio, frente a líderes, figuras internacionales y seguidores que se paran cuando levanta la voz, que somos los manifestantes los que estamos interrumpiendo la paz.

El discurso doble faz

Por eso es que para Gabriela Ramírez, defensora del pueblo, infringir dolor físico o psicológico con métodos y utensilios diversos, como la violación con un fusil automático liviano que denunció Juan Manuel Carrasco (21 años), es tortura y la tortura viola de frente los derechos humanos, así Ramírez insista frente a un público que asiente silente, que solo se puede calificar como tal si lo que se busca es una confesión. Gabriela Ramírez. Defensoría del pueblo, la institución destinada a la promoción, defensa y vigilancia de los derechos y garantías contenidos en la Constitución y en los tratados internacionales sobre derechos humanos. La misma que no reconoce que a Bassil, Robert, Génesis y los otros 29 estudiantes muertos en un mes de protestas, no los “sembraron”, ni murieron por su país, ni son héroes nacionales porque la bala que tienen en común salió de un fusil que no debió estar en esa manifestación pacífica. Los mataron y su ausencia no comulga con eufemismos.

Pero la revolución tiene un balde para cualquier gotera.

Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, propuso la creación de la “Comisión por la verdad”, un órgano que en teoría, “tiene potestades y experiencia para tomar decisiones, investigar y revelar casos de violación a los derechos humanos”, según Alfredo Romero, director del Foro Penal Venezolano y detractor de esta iniciativa. ¿Pero? Primero, de los nueve integrantes, cinco con oficialistas (Elvis Amoroso, Earle Herrera, Robert Serra, Tanía Díaz y Diosdado Cabellos); los cuatro restantes son vacíos dejados por diputados opositores que no se han sumado a la iniciativa y ninguno de los integrantes es experto en materia de Derechos Humanos.

Segundo, este órgano es innecesario si la Fiscalía, entidad responsable de canalizar e investigar estas denuncias, funciona con todas sus facultades. Y por último, una razón que por sí sola, habla de la contradicción entre discurso y acción como tragedia añadida a este país: está presidida por Diosdado, el mismo que mostró en su programa de VTV (canal público) una fotografía de una tienda de armas en Estados Unidos como supuesta prueba del arsenal encontrado en propiedades del General Ángel Vivas. Y eso es mentir. Y mentir es ir en contra de la verdad, que es lo que busca y bautiza a esta comisión.

Nada es lo que es

Esta situación de manipulación del lenguaje se acrecenta a diario, mientras hablamos; mientras escribo esto y mientras usted lo lee, va a haber empeorado. Para ilustrarlo un poco, hablemos de la felicidad. Es más, hablemos de los antecedentes de la felicidad en regímenes como el nuestro.

Durante la dictadura militar que vivió Uganda de 1971 a 1979, su máximo líder, el militar Idi Amín Dadá, solía repetir que él era la felicidad de su pueblo, a pesar de que su gobierno de facto es célebre por violaciones de los derechos humanos, represión política, persecución étnica, asesinatos, nepotismo, corrupción y mala gestión económica. Se calcula que en los ocho años que duró su gobierno, murieron entre 100.000 y 500.000 personas.

Robert Mugabe, dictador de Zimbawe, tiene un concepto parecido al de Dadá, y parece decidido a que la felicidad sea el común denominador entre sus ciudadanos, así su significado entre con sangre. Como cuando decidió prohibir por decreto la inflación, que llegó a 231.000.000.000% anual, y declararla ilegal. La misma semana de aplicarse su solución, todos los alimentos y electrodomésticos desaparecieron del mercado, mientras Mugabe apresaba a comerciantes acusados de acaparamiento y especulación.

Si hasta aquí cualquier evento relatado se asemeja a la realidad, es todo menos consecuencia.

En Venezuela la felicidad tiene su propio viceministerio, encargado de mantener las sonrisas a flote mediante el manejo de las exigencias, reclamos y necesidades de la población y su incorporación a las misiones, “y de atender a los viejitos y viejitas, y niños y niñas, que son lo más sublime y amado del pueblo revolucionario”, según explicó el propio presidente en octubre del año pasado. Sin embargo, con una tercera devaluación hecha realidad, el sueldo mínimo más bajo de America Latina (por detrás de Cuba), Caracas como la tercera ciudad más peligrosa del mundo, un desabastecimiento alimenticio que acaba de sumar una libreta de racionamiento y los constantes episodios de represión violenta hacia manifestantes en las calles del país, alejan cualquier concepto subjetivo de lo que la felicidad puede ser. Está su significado, sí, pero el significante brilla por su ausencia.

El poder de la palabra

Estos casos de acomodo del lenguaje son bastos y palpables. El “pueblo”, por ejemplo, es la masa de gente identificada con el liderazgo del PSUV, y no todo aquel que ostente la nacionalidad. Los colectivos no son ni serán paramilitares bajo este gobierno, sino un brazo armado para la defensa de la patria. (Ojo, “armado” porque lo vemos en videos, fotografías, lo escuchamos en testimonios, vemos a los muertos en las calles y a los heridos sanando las heridas, pero el gobierno defiende sus intenciones pacíficas). La patria, como la define Daniel Esparza en su post ilustrativo sobre los términos de la neolengua bolivariana, es una “amalgama identitaria en la que se funden pueblo y presidente, siendo este último el elemento dominante en la fusión”, y no la “tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos”, como dicta la RAE.

Ante la imposibilidad de entender con claridad cómo es que un gobierno pretende manejar a 29 millones de personas a punta bajo la fórmula maquiavélica de dividir para reinar, quise por millonésima vez, no vivir aquí. Lo sentí todos los días durante los cinco años que estudié en la Universidad del Zulia. Lo sentí cuando me atracaron y me apuntaron con una pistola en uno de sus salones. Lo sentí cuando secuestraron a mi tío y tuvimos que pagarle a la policía una cuota extra para que aceleraran la investigación que finalmente lo trajo de vuelta. En la búsqueda por encontrar la raíz de ese sentimiento que ha pasado de razones personales a razones que me igualan a cualquiera que haya vivido los últimos doce años en el país, Ángel Lombardi apareció con una explicación que calza con lo que intento explicar: “El Socialismo del siglo XXI terminó siendo una estafa semántica, ya que terminó expresando el comunismo real del siglo XX de ingrata memoria”.

(Artículo publicado originalmente en la edición 29 de la revista Now

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

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