Mi ídolo es un huevón

Había cantado sus canciones con el pecho inflado de tristeza y orgullo, con las manos en los ojos conteniendo las lágrimas de reconocer dentro de mí sentimientos para los cuales no tenía un nombre. Pero sentía. Me entraba un cosquilleo general cuando escuchaba sus letras, cuando miraba hacia los lados y le escribía por el chat interno de la oficina a María Virginia que él escribía lo que yo sentía y que lo amaba. Por eso, cuando decidimos que nos íbamos a verlo en vivo porque ya era hora de verle el queso a la tostada, las tres (incluyo a Verónica, con quién también intenseaba por chat, pero ella siempre estaba ocupada haciendo cosas a último minuto), nos pusimos tacones, nos pintamos los labios y nos fuimos a concretar esa primera cita.

Todo, por supuesto, fue magia pura y dura. Yo sentía que me estaba cantando directamente a mí y no me molesté en esconder mi histeria. Canté, no, grité sus canciones como tantas veces las había gritado en mi cabeza mientras se caía la oficina alrededor, porque era mi momento de dejar salir mis demonios y entregarme a la tristeza de encontrar una voz como la mía en alguien tan ajeno. Ni el señor que estaba diagonal a mí ni sus miradas de reojo con la mano en el oído me hicieron detenerme. Desde esa primera vez, María Virginia, Verónica y yo fuimos una sola en la única causa de desgastar ese disco tanto como se pudiera. Nos sabíamos las historias detrás de las canciones, conocíamos los personajes y si no los conocíamos, invertíamos los almuerzos y las horas sin luz para inventar historias o atar cabos que solo nosotras veíamos. Lo volvimos a ver en vivo un par de veces más y siempre la pregunta era la misma: ¿cómo lo logra este flaco, cómo hace si apenas puede mantenerse en pie de lo jalado que está, despertar todo esto dentro de mí?

Uno de tantos días, tuvimos nuestra segunda cita en plan estoy afuera, sal. Luego de una presentación, coincidimos en el mismo lugar nocturno y empezamos a hablar. Yo desde mi idilio puberto lo miraba idiotizada por los que decía, embelesada ante aquel despliegue de imaginario propio que lo superaba y hablaba por él. Contaba de las tardes tirado en el campus de la universidad, de cómo en el parque cerca de su casa los monos colgaban de los árboles y él era uno más entre ellos. Yo quise entonces conocer su ciudad, no la que existía detrás de las puertas del aeropuerto, sino la que él veía cuando la caminaba y la sufría. De pronto viraba la conversa hacia Hora de la Aventura con naturalidad, ligero, otro tanto cantaba canciones inéditas con un cuatro que encontró en medio de la conversación y yo, a su lado, lo miraba y me esforzaba por doblarle la punta de la página a cada segundo que pasaba porque sabía que no íbamos a tardar mucho en volver a ser mortales.

La noche terminó, cada quien a su ciudad, cada quien a su oficina. El chat interno de las tres ardió en las llamas del infierno y comenzamos a vivir un fandom en común que fortaleció lo que hoy somos. Encontramos videos con canciones grabadas en formato casero en Youtube y la convertíamos en audio para que pudiéramos escucharlas así el internet se cayera, en iTunes cuando trotábamos en la mañana, en el carro cuando salíamos a intensear fuera de los albores laborales; nos pasábamos los links de los programas de radio para oírlo desvariar y nos emocionábamos como adolescentes cuando un nuevo toque se acercaba, así no fuera aquí, porque eso significaba fotos nuevas y la alegría de verlo existir. Parecía que nos movíamos en el mismo círculo, con gente en común, con historias en común, pero de alguna manera no lográbamos tocarnos, no lográbamos brindarle esa cerveza casual que nos iba a permitir matarlo con nuestro encanto para concretar esa amistad hermosa que veíamos en el horizonte.

Entonces pasó.

Llegó el día en que se cerró el círculo y el ídolo llegó a nuestra misma mesa, hablando del calor de la ciudad y de lo que íbamos a hacer al salir de allí. Todo era bello, todo flotaba en una nube de sueño cumplido, hasta que empezamos a llevarnos demasiado bien. Uno que otro chiste mal parado, unas que otras burlas que concluían con una carcajada suya en solitario y la incomprensión del resto de los presentes, incluyéndome. En menos de dos comentarios, un año de amor desenfrenado empezó a parece una pérdida ridícula de vida. Rodaron los cuentos ególatras sobre cuántas canciones había compuesto solo para poder cogerse a la menor de edad de turno, los detalles de sus cuadres por Facebook los lanzó sin que nadie se lo pidiese y, de pronto, todas las tristezas que compartíamos se fueron convirtiendo en las pataletas de un carajito caprichoso que no se soportaba ni a él mismo, llorando entre los cuatros porque quién coño se aguanta a alguien tan inmamable a quien le parece gracioso morderte el hombro o llamar a media noche gritando para no acordarse al otro día quién eres o por qué el mordisco.

Al tercer día de tenerlo cerca no pude más y lo acepté. En mi afán de consumar nuestro idilio, había terminado matando todo lo que él representaba en mi vida. El amor no aguantó este loop infinito al que lo sometí, se me pasó la nota y fue todo. Lo odié. De repente me parecía un inmaduro malbañado y entendí que su falta de recursos para impulsar su carrera no se debía a a que le faltase talento (que fue lo único que salió ileso de este incendio) sino a su exceso de marihuana y hippismo. Le quise rapar ese pelo largo que dejó de recordarme a Caicedo y me pareció iugh. Le saqué en cara mentalmente las veces que pagué para verlo desvariar arriba del escenario, olvidando sus propias canciones y tirándose en el piso en media pista para ponerse en contacto con la tierra en rollo soy interesante porque estoy hasta el culo de pega. Me mamaron las fluideras de su vida, su “esto no es un trabajo, hermanos”, sus amores eternos, sus tatuajes descoloridos, su piel ajada, su falsa creencia de estar viviendo una vida de rockstar pobre pero aventurero. De pronto fue obvio: esa inocencia que me mataba, esa sensibilidad por la que yo cruzaba ríos y mares, era pura y física pegadez. Ya no me importaban los programas de radio ni si sacaba otro disco o no. Lo último que le escuché fue una canción que iba medio de carta de despedida a la ciudad que conoció, pero no me dio ni para recordarla porque ya no compartíamos los mismos desamores y mi voz, en lugar de hablar desde la suya, le gritaba que se callara la jeta y madurada. Dicen que lo nuevo que está componiendo es arrechísimo, pero esta soy yo viviendo a pesar de que no me importa porque sus historias me resultan ahora sonsas e insípidas, producto de una genialidad mal administrada que, como un Monet, “de lejos se ve hermoso pero de cerca no tanto”. 

Es como cuando te dedican tu canción favorita y después el tipo que te la cantó en plena cita de aniversario con los ojos cerrados, te pega cachos con una pendeja cualquiera y la condena al recuerdo de un corazón roto. Así, tal cual. De manera accidental, por cuestiones del destino mal explicadas, maté a mi ídolo por querer conocerlo. Por eso hoy estamos aquí reunidos, en medio de este oleaje de intensidad, para entonar el mea culpa por estarme revisando en espejos de pelo largo y ropa sucia como él, por creer que el amor va a venir en verso y, por supuesto, para dejar que, por lo menos, el cuento echado nos sobreviva.

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

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