De paso

“Este es el principio de Children of men y la gente se sigue reproduciendo”
Alejandro Calmen

No sé cómo se llama mi generación, ni quiénes son las voces que hablan por ella, ni hacia dónde vamos exactamente como colectivo, ni si logramos ser un colectivo, y mucho menos, cómo afrontar el entendimiento desde ambas posturas: la de hacedora y la de espectadora.

Lo que sí sé con certeza es que mi generación se cansó rápido de ser joven. A los 14 empezamos a darnos los primeros besos inocentes, a los 15 falsificamos las primeras cédulas, conocimos los primeros bares, bailamos las primeras veces. Perdimos muchas virginidades al mismo tiempo, nunca hubo tabúes de drogas o sexo, todo ha estado permitido y disponible desde siempre, y nadie quiere contenerse. Como un hint de poper, la energía duró poco y ahora, en la mitad de los 20, la gente se está casando. Y reproduciéndose, en igual medida.

Antes de intentar entender, es natural preguntarse: ¿de qué me estoy perdiendo? O peor aún, ¿de qué me perdí? Cualquier etapa de vida solo dura un rato, pero la juventud incluye magia y me mantengo en ello porque nunca estuve tan segura como ahora de que lo mejor está por venir, de que lo que ha pasado no es mejor de lo que va a pasar y de que la vida, por ahora, es apenas un punto en el horizonte. Y todo eso lo digo viviendo en Venezuela.

De alguna u otra manera, mi entorno contemporáneo parece pensar diferente. Me gradué de la universidad sin haber asistido al parto de ninguna de mis compañeras de clase y de alguna manera sentía una especie de orgullo estúpido por ostentar ese dato. Nacida y criada en la era del internet, por primera vez el mundo está a nuestros pies y somos sus libres ciudadanos. Ni mi madre ni mi abuela se imaginaron jamás que podrían tener a alguien que vive en Canadá al alcance de un mensaje a cualquier hora del día, en cualquier lugar del mundo. Si ellas tenían que esperar a que el teléfono fijo sonara cuando estuvieran en casa para poder saber si el mundo allá afuera estaba vivo, ¿cómo voy a desaprovechar semejante regalo del tiempo reproduciéndome?

Estaba sintiéndome la abanderada de alguna especie de movimiento invisible por la elongación de los 20 hasta los 35, cuando mi prima salió embarazada de su exnovio a los 24 y asumió su papel de madre soltera como si acabara de ganarse la lotería. Mi primera reacción al respecto fue el desespero. Me encerré en el papel de futura madre, tratando de pensar qué haría si fuera yo en lugar de ella, la que estuviese acogiendo a una nueva persona dentro de mí. A dónde irían mis ganas de conocer el Mar de Aral, los postgrados, los viajes rápidos a visitar amigos exiliados, las noches que duran hasta la mañana, los amores fugaces, el dominio de mi tiempo. Mi vida. ¿A quién le iba a pertenecer mi vida? Mi prima, por su parte, estaba extasiada. Loca por ver cómo le crecía la panza, bañada en cremas antiestrías, todas las clases de la universidad suspendidas por un semestre, acondicionando el cuarto de su mamá con cuna, coche, móviles en el techo, ropa diminuta.

¿De qué vas a vivir? ¿Vas a empezar a trabajar? ¿Vas a dejar los estudios? ¿Dónde vas a dar a luz? ¿Quién se va a encargar de los gastos del parto? ¿Cómo vas a independizarte? En medio de una economía tan descalabrada como esta, mis primeras inquietudes son de índole monetario. Si a mí, que gano tres veces más que el sueldo mínimo, no me alcanza ni para rentar un apartamento decente, ¿cómo iba a hacer ella, estudiante, sin trabajo, sin pareja estable, mantenida? Hace poco me enteré de que había demandado al padre de la criatura por incumplimiento en la manutención. A los 24 años, la edad en la que me visualizo con un tercer idioma, en dos países distintos por año, ella está peleando batallas legales por su familia. A los 24, la edad en la que mi mamá me tuvo a mí. Pero repito, mi mamá no tuvo internet.

De esa oleada de maternidades precoces estaba intentando recuperarme, cuando mis amigos empezaron a casarse. A los 22, a los 23, a los 24. Porque se van juntos del país, porque uno le va a dar la nacionalidad, porque es más fácil sobrevivir afuera acompañado, porque es más fácil pagar un apartamento aquí si es compartido, y si encima esa persona te coge y se deja coger, el matrimonio me parece un arreglo burocrático coherente. ¿Pero ya se divirtieron todo lo que tenían que divertirse? ¿Ya cumplieron su lista de deseos prematrimonial, ya viajaron por el mundo, ya conocieron la nieve, ya hicieron su trío, su dúo lésbico, sus besos borrachos con amigos? ¿Ya se bañaron en vino y celebraron la vida hasta dormirse en una casa ajena? ¿Ya probaron todo lo que siempre quisieron probar? ¿Estoy idealizando la juventud porque en este país ser joven y querer ser feliz es casi una contradicción biológica? ¿Los estoy juzgando porque eso me molesta?

Sí y no a todo lo anterior. Ojalá escribiera para responder preguntas.

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

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