Homesick

Cuando tenía 10 años, mi padre llegó un día a la casa y nos anunció con voz estoica que nos mudábamos a Venezuela. Ya había acumulado amigas en el colegio, había llegado a quinto grado, conocía mis caminos, mis calles, mis centros comerciales, había hecho fila en el cine Metro cerca al Amira de la Rosa y cada vez que visitaba a mi abuela en Bucaramanga, sentía esa necesidad inminente de volver a mi casa. Tenía 10 años y tenía, también, la suficiente consciencia de no querer cambiarme de ciudad y muchos menos de país, así mi padre se consumiera pintándome mi nuevo hogar como el destino salvador. La gente del colegio, por su parte, me envidiaba porque Salserín iba a pasar a ser un grupo local, pero su envidia no me fortaleció nunca.

Más temprano ese mismo año, una de mis mejores amigas había venido a Maracaibo a visitar a una tía que tenía aquí y llegó al salón hablando de lo limpia que era la ciudad, lo largo que era el puente y lo curioso que era moverse en medio de vale, cónchale, coño. Cuando se enteró de que me mudaba, retomó sus historias de turista, me dio un par de palabras del argot venezolano y cerró preguntándome cuál era el plato típico nacional. Cuando se dio cuenta de que no era capaz de responderle, cortó la agonía y lo hizo ella con voz triunfante: “Caraotas. Y son deliciosas”. En ese momento, cuando deseé que fuera ella la que se mudara, la que cambiara de vida, de amigos, de casa, la que dejara atrás cualquier lugar familiar para llegar a otro donde no habían recuerdos, fue la primera vez que quise no ser yo, de todos mis amigos, mis primos, mis tíos, mis vecinos, mis extraños, a la que le tocara vivir aquí.

Eso fue hace doce años. Ahora esta ciudad no es desconocida. Ya tengo más recuerdos aquí que los que dejé cuando me vine; soy el resultado de vivir en este entorno prestado. Si me pongo a pensar qué hubiese pasado si mi padre hubiese llegado ese día regalándonos caramelos o comentando la fuerza que tenía un joven Álvaro Uribe en las elecciones presidenciales, no logro pasar de divagaciones. Por alguna carencia de comprensión ante este presente es que soy periodista y fue aquí que me formé para ello, con educación gratuita proporcionada por el Estado que ahora me lanza bombas lacrimógenas si salgo a decirle que no estoy de acuerdo con lo que está haciendo en el poder. Crecí en este ambiente del que fui espectadora empedernida, refugiándome en el hecho de que nada lo que pasara podía afectarme porque este país era prestado, siempre regañándome al más mínimo atisbo de apego hacia él y a todo lo que lo incluyera. Tampoco recuerdo cuál fue el punto de quiebre, cuál fue el hecho que me golpeó en el pecho y me obligó a dejar la pendejada y aceptarlo: Venezuela me duele.

En este duelo estoy cuando escribo esto, cuando me despierto todos los días en una peor versión del lugar que dejé cuando me fui a dormir. Que lo inesperado no asombra, ni asusta, es una certeza que no pierde vigencia y se afinca en la psique con cada tragedia que llega, más escandalosa, con más sangre, con más estudiantes desnudados dentro de la Universidad Central, cuerpos flotando en el río Guaire, edificios siendo atacados por colectivos armados, hombres siendo asesinados a plena luz del día para robarlos, personas amenazadas en sus casas con cuchillos al cuello, madres que una vez buscaron a sus hijos en el colegio y que hoy los esperan a la salida de la morgue sin que el asunto pase a ser un escándalo nacional. Es esta calma autoimpuesta la que me derrumba si me mantengo al día de lo que ocurre por mis propios medios, sin la ayuda de los canales de televisión, que aun bañados en sangre, transmiten magazines matutinos, los mejores vestidos de la Met Gala, las imágenes de playas siendo el destino chévere de unas vacaciones que solo existen en el morbo de quienes juraron una vez respetar la constitución.

Si Ginsberg vio a las mejores mentes de su generación destruidas ante la locura, yo he visto a las más estoicas de la mía caer de primero por no tener de dónde agarrarse. Aquí vamos todos en el mismo bus repleto que se mese con violencia por los baches incontables del camino. He visto amigos llorar porque la vida que recuerdan ya no es tangible por ningún lado, los que se quieren ir, pero se quieren quedar; los que prometen volver cuando el futuro mejore. Están mis profesores brillantes, titilando frente a las puertas cerradas de la Universidad, agotados del menosprecio al que son sometidos cuando, a pesar de dar clases contra todo pronóstico, apenas si alcanzan a ganar los 500 dólares al mes. Incluso ellos, rocas y pilares de la sensatez que ostentan los que saben sobre qué está fundado el verdadero periodismo, empiezan a tropezarse unos con otros.

Mientras tanto, yo sigo con mis banderas a media hasta y a la deriva. Esa necesidad de volver a mi casa que sentí hasta poco antes de los 10 no la he vuelto a sentir en los últimos 12. Antes, al principio de la mudanza, regresaba a Colombia a cada fin de semana largo que tenía, llamaba a mis amigos por teléfono de vez en cuando, salíamos a recorrer centros comerciales cuando iba, nos pasábamos correos a ver cómo iba la vida allá sin mí y cómo iba la vida aquí sin ellos, volvía al colegio vestida de civil a saludar a los conocidos que me quedaban. Pero poco a poco me fui quedando sin hogar para regresar. Me empezó a incomodar la nostalgia rutinaria de las despedidas, dejar los amigos que comenzaba a acumular aquí para ir a ver a los de allá y en los ires y venires de no poder quedarme donde quería por tener que volver a donde tenía, me di cuenta que mi patria se movía al ritmo de aquellos que amo.

De ir constantemente pasé a ir una vez al año y terminé no queriendo ir en lo absoluto, porque si bien allá no gobierna Maduro y Chávez no me mira desde la azotea de los edificios, no hay nada aquí que se salve de ser añorado aunque no haya nada que me haga quedarme. Y en ese vaivén escribo esto, tambaleando en mi propio bus, llegando a medias por mis propias carreteras mal asfaltadas, tratando de salvar mi propia patria donde mis amigo persisten, mis amores se van y lo único que se queda la necesidad de aprender a vivir sin tener que estar muriendo.

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

Un Comentario

  1. “La necesidad de aprender a vivir sin tener que estar muriendo”, qué lindo y triste tu escrito, saludos.

    Pao.

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