Mil novecientos noventa y algo

Quedarme a dormir en la casa de la tía Nelly era una experiencia musical, un recorrido por el imaginario romántico de la emisora de clásicos que sintonizaba los sábados en la mañana para ponerle ritmo a las tareas domésticas. Ella, escoba en mano, pañuelo en hombro, recorría la casa de ida y vuelta varias veces; barría de arriba a abajo con una energía parecida al entusiasmo, haciendo pequeñas paradas discretas para dar un par de pasos al son de la música o cantar la parte cumbre de la canción de turno.

Desde el cuarto que me cedía en su casa para dormir, la escuchaba divertida y así, entre sábado y sábado, me fui aprendiendo sus gustos, sus gestos emocionados ante las primeras notas de una canción que se sabía. Si sonaba algo de Chayanne, se devolvía hasta su cuarto con emoción adolescente y besaba el afiche plegable de centro de revista que tenía pegado en la puerta. Si sonaba Piero, Tormenta o Raúl Santi y tenía audiencia -generalmente yo era el público-, comenzaba a elaborar entre tiempo y tiempo de la canción una lista de lugares donde la había escuchado en el pasado. Así supe con cuál de todas comió pizza con mi tío por primera vez, con cuál bailaba en las discotecas en las noches de rumba y soltería con mi mamá, cuál era tan vieja que la cantaba cuando aún vivía con mi abuela, con cuál recordaba a ese primer novio que ahora es solo un nombre. “Esa la bailábamos con su mamá en la tasca de las 84 cuando vivíamos en El Recreo”, me contó varías veces. Enrique Iglesias era, para ella, su último cartucho de cougar.

Desde entonces cualquier canción vieja me recuerda a esos sábados por la mañana y la época en que viví con ella mientras mis padres arreglaban el exilio para llevarme con ellos. Si voy en un bus y suena Un beso y una flor, alcanzo a oler la cera roja con la que le sacaba el brillo a las baldosas de la sala. Si alguna emisora de media noche se lanza Como un picaflor, estoy de vuelta al mueble desde el cual podía controlar el volumen del equipo y dejarme tocar por el viento de la terraza. Si de repente, en un ataque de nostalgia, revuelco mi biblioteca musical y sale a flote la Maldita primavera, huelo los huevos revueltos con pan tostado que preparaba sin afanes. Si aparece en algún disco viejo que mi padre tiene en el carro Mi eterno amor secreto, mi tía aparece desde el patio de su casa, limpiándose los zapatos en un tapete rápidamente, hace una pausa para subirse el jean y empieza a caminar rápido hasta el equipo, toma con la punta de los dedos la palanca del volumen y le sube un poco. “Esta canción me encanta, pero no quiero despertar a los vecinos”. Y se devuelve cantando a donde estaba.

Muchas veces me burlé de ella para buscarle la lengua, para sacarle palabras, cuentos de una ciudad mía que yo no conocía. Yo, en mi empeño infantil declaraba su playlist obsoleto y aburrido. Puros viejos cantándole al amor cursi, ofreciendo más rosas y menos espinas. Mi tía me debatía argumentando que esa era la mejor música, que como los 80 nunca va a haber nada, y cómo iba a haberlo si en el 86 se mudó de la casa materna junto a mi madre, alquilaron un apartamento entre las dos a 578 kilómetros de distancia para poder vivir la juventud a plenitud. En el 98, época en la que su casa era mi refugio, todavía quedaban algunos lugares frecuentados por ambas en su juventud, pero cuando la música se iba con la mañana, la emisora romántica dejaba de serlo un poco y el humor le cambiaba. Volvía a su estado habitual de amargura, obsesa con que la casa estuviera limpia, los vasos en su puesto, las velas sobre platos para que no se manche la cómoda. Luego supe que ya para la época, mi tío le era infiel, pero ella en su compromiso con el hogar y la falta de una profesión que le sustentara la independencia, se refugiaba en el equipo de sonido y los recuerdos para insistirme en que fue joven alguna vez, que tenía historias de calle que contarme, que coqueteaba con otros amores a los que les perdió la pista dentro de la misma ciudad.

Hoy mi tía es abuela y vivimos lejos. Hace casi quince años que no puedo quedarme en su casa de pisos rojos, que ya no es suya tampoco. Desde que el equipo gigante dejó de funcionar, se acostumbró a los sábados en silencio, a los oficios a puerta cerrada, a preguntarle a la escoba por qué hay unas medias tiradas debajo de la cama, cómo fue que el espejo se partió en la punta. A preguntarse cosas en voz alta para ella misma responderse. A dominar el silencio a su antojo, en lugar de llenarlo de canciones. Ya no usa cera roja, pero sigue limpiando como una obsesa el pasillo por el que acaba de pasar. Hace mucho, también, que no la veo. Yo me mudé, ella se quedó. Mientras yo me acercaba a la edad que tenía cuando todas estas canciones la hacían sentirse viva, ella se fue alejando vertiginosamente de esa década dorada de recuerdos frescos que ahora estoy atravesando con esas historias de la mano. Y ante la posibilidad de que me lea, de que sepa que sus manías me expandieron el espectro, celebro recordarla como cualquier sábado de mil novecientos noventa y tanto: con una canción.

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Acerca de Mónica Gómez Vesga

Preguntante.

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